Hoy deseo comentar el evento ocurrido en la ciudad de Viena el pasado 16 de julio con motivo del fallecimiento de Su Alteza Imperial y Real el Archiduque Otto de Habsburgo-Lorena, heredero de la doble Corona austro-húngara, hijo del ultimo Emperador de Austria Carlos I y sobrino-nieto de Francisco José I.
No fue sencilla su vida, pero la vivió con dignidad demostrando así eso de que la nobleza es cosa del alma y no de la sangre. Siendo un niño tuvo que abandonar su destrozada patria, a la que las potencias occidentales desmembraron con crueldad y en unión del resto de la familia imperial tuvo que deambular por media Europa en busca de una nación que quisiera acogerla. Carlos I y su admirable esposa Zita de Borbón-Parma abandonaron Viena prácticamente con lo puesto y ante su absoluta carencia de recursos económicos aceptaron el ofrecimiento de nuestro Rey Alfonso XIII y vivieron durante algún tiempo en un palacio de Lequeito pero tuvieron que abandonarlo porque no podían mantenerlo. Pasaron, pues, a la isla de Madeira donde Carlos I falleció de neumonía a los 32 años de edad dejando huérfano al joven Otto y a sus hermanos.
Opuesto a la unión de la pequeña Austria con Alemania, Hitler intentó primero convencerle para que le apoyara pero como no lo consiguió después lo persiguió con saña. Comprometido hasta límites casi inconcebibles con la Ética sin abandonar por ello la política, fue diputado en el Parlamento europeo durante veinte años. Presidente de la Unión Paneuropea, propugnó desde ella una Europa que se fundamentara esencialmente en sus tradiciones cristianas. Defendió la vida, la familia, la justicia social, la libertad religiosa y el derecho que tiene cada pueblo a sentirse orgulloso de su pasado histórico. Se casó con la Princesa Regina de Sajonia-Meiningen, de la que tuvo 7 hijos y cuando falleció contaba con 22 nietos. Para poder residir en Austria tuvo que firmar en 1961 una renuncia a ejercer ninguna actividad política dentro de ella y era muy conocido en nuestro país.
Sus funerales se celebraron con toda la pompa y la tradición de los Habsburgo. Para asistir a ellos muchos tuvieron que abrir sus baúles y sacar viejos uniformes de otros tiempos, condecoraciones que en su día fueron gloriosas y hoy ya no sirven de nada, banderas de todos los pueblos de aquel Imperio, que dominó durante siete siglos el centro de Europa entre música de vals, cenas galantes, jarrones de flores y delicadas porcelanas. En la imponente Catedral de San Esteban volvieron a oírse los acordes del antiguo Himno imperial: Dios salve a nuestro emperador y al entierro asistieron los presidentes de Austria y de Hungría. 21 cañonazos se escucharon en la veraniega mañana vienesa del 16 de julio y todas las campanas de las iglesias tocaban a muerto mientras el cortejo mortuorio avanzaba hasta la Iglesia de los Capuchinos, histórico panteón de los Habsburgo. Su puerta, herméticamente cerrada, fue golpeada por el bastón de puño de plata que llevaba el maestro de ceremonias:
- ¿Quien solicita entrar? - preguntó el guardián, llevando una vela encendida en su mano.
- Su Alteza Imperial y Real, Archiduque Franz Joseph Otto Robert...Príncipe imperial de Austria y de Hungría, De Bohemia, de Croacia, de Galitzia, de Lodomiria...,
- No le conocemos - replicó una voz desde el interior.
El Maestro de ceremonias golpeo por segunda vez la cerrada puerta.
- ¿Quien solicita entrar?
- El Doctor Otto de Habbsurgo, Presiente de la Unión paneuropea, ex-parlamentario de la Unión europea....
- No le conocemos.
La puerta volvió a se golpeada por tercera vez.
- ¿Quien solicita entrar?
- Otto, un pobre pecador.
- Puede entrar.
Solo entonces la puerta se abrió de par en par y los restos del Archiduque pudieron reunirse así con los de sus antepasados.
10.000 personas asisitían emocionadas a este imponente acto del secular protocolo de los Habsburgo mientras el ejercito de la República presentaba armas .
Pues bien; desde este lado del Reino deseamos que este hombre grande por sus títulos, pero sencillo por su vida haya sido recibido en el otro lado. Allí ya no hay pena ni dolor. Sic transit gloria mundi . No obstante, bienaventurado el hombre o la mujer al que sus semejantes le conceden la gloria por mérito de sus obras porque ésta no es gloria del mundo, sino gloria eterna.
JUAN
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