lunes, 30 de agosto de 2010

Cantar para recordar

El último domingo de Agosto finalizan mis vacaciones y así he de despertar a mi alma del sueño veraniego, despojarla de la nostalgia, arroparla con el duro manto del trabajo y prepararla para afrontar las dificultades de un curso político difícil, movido y en muy buena medida absurdo. No debiera quejarme ya que también este año he disfrutado de todas y cada uno de los elementos esenciales de esa maravillosa realidad que se llama Asturias, región irrepetible y magnífica en la que aún es posible soñar con mundos mejores.
Las canciones del folklore asturiano son, sin lugar a dudas, uno de esos elementos esenciales, pues al cantarlas vienen nuestra mente todos aquellos que las cantaron antes que nosotros siendo éste un método magnífico para recordarlos. Es, seguramente, por eso por lo que el Ayuntamiento de Gijón organiza una jornada en la que todos pueden cantar esas viejas canciones en las que las xanas y los trasgos hacen de las suyas enamorando corazones o destartalándolos según los casos. En cualquier caso, los gijoneses y los que en estos días visitan la risueña ciudad cantábrica se concentran en la Plaza Mayor para participar en lo que aquí se llaman "cancios de chigre". En éstos se halla el alma del pueblo asturiano, pero es un alma químicamente pura, magnífica en su simplicidad, conmovedora en su sencilla grandeza, inmutable como el mar y más brillante que los luceros de una estrellada noche de Agosto.
A la caía del divino Sol, fuente de vida, la riada humana invadió la Plaza Mayor, cuyos edificios aparecían engalanados con colgaduras rojas y blancas, colores tradicionales de la ciudad de Gijón. Todos querían conseguir el mejor sitio y como los soportales enajenaban buena parte del entramado sobre el que estaba la orquesta y el coro del Orfeón gijonés, muchas personas buscaban el lado de la palza que está libre de ellos sin perder de vista las pantallas en las que iba a apareciendo la letra de las tonadas. Es necesario decir que los orígenes del Orfeón gijonés se remontan a 1930 y que durante todo este tiempo ha participado en muchas zarzuelas, algunas típicamente asturianas como Xuanón o el Gaitero de Gijón. Hoy es dirigido por el Profesor D. Carlos José Martínez Fernández, que acumula en su excelente carrera de vida una preparación musical de primer orden y una experiencia difícilmente igualable. Y no es coba.
Las gaviotas trazaban círculos en un cielo que comenzaba a oscurecerse y soplaba una brisa fresca procedente del mar que aliviaba en muy buena medida las altas temperaturas del último sábado de Agosto:


"Chalaneru, Chalaneru
¿que lleves na tu chalana?
Llevo roses y claveles
y el corazón d`una Xana.

Si pases el puente
nun caigas al agua
que los mios amores
son d ´una chalana..."


Esta hermosa canción asturiana la cantaban mis abuelos y mis padres cuando yo era niño y aunque queda algo feo que lo diga, cierto es que la cantaban muy bien, con mucho sentimiento...igual que la canto yo ahora uniendo mi voz a la de cientos de personas de todas las edades que llenan la inolvidable plaza. ¡Oh Dios¡ He tenido que hacerme viejo para comprender el hondo significado de estas viejas canciones a las que la patina del tiempo no ha añadido sino solera y esplendor. Solamente pensar que los mismos sentimientos que hoy me embargan son los mismos que un día embargaron el alma de mis mayores me produce escalofríos y se me pone la carne de gallina cuando pienso que es todo un pueblo quien se halla detrás de esta canción: con sus penas, alegrías, preocupaciones, grandezas y miserias. Y ese pueblo es el mío.
Las tonadas, la sidra y la Virgen de Covadonga son la esencia de Asturias. Las tres cosas son muy sencillas: la tonada expresa sentimientos de modo claro, definitivo y magnífico; la sidra es únicamente zumo de manzana fermentado en los llagares y la Santina ya se sabe que "ye pequeñina y galana". De este modo cabe perfectamente en los corazones de los asturianos y así podemos llevarla siempre con nosotros, estemos donde estemos. Todo es simple, pero grande; todo es sencillo, pero bello.

Mientras cantaba me he hecho el firme propósito de regresar tan pronto como pueda ya que, al fin y al cabo, no estoy tan lejos pero sé muy bien que este propósito será difícil de cumplir porque enseguida me engancharán ocupaciones, deberes y trabajos que no pueden dejarse abandonados, sobre todo si se hacen por Amor. Mi vida es así y no me lamento de ello, porque me consta que únicamente hago lo que debo hacer. Sin embargo, a veces es muy duro cumplir con los deberes que el Amor impone, aunque quizás debiera decir, como decía Freud: "Soy un hombre afortunado. Nada en la vida me ha sido fácil"
Es cierto que no lo ha sido, porque nada de cuanto soy y tengo me ha sido regalado, salvo el Amor Verdadero; pero éste es tan exigente que a veces me siento desfallecer. No es que me deprima, no. Es sencillamente que mi cuerpo de barro se rebela y mi razón me acusa. ¡Pero hombre¡ ¿Es que no vas a vengarte ni siquiera de los que procuran tu mal? Y yo respondo una y otra vez: "Calla, que ya se vengarán otros por mí. No quiero tener mis manos manchadas por el fango de la venganza". Sumergido en la vorágine de la gran ciudad y acuciado por la vida, vago de un sitio a otro observando a mis semejantes. Escucho sus risas vanas, sus comentarios intrascendentes en eventos llenos de "famosos" y asisto a los aburridos discursos de los políticos en los que nunca hay un ápice de verdad. La hipocresía de la que hacen gala algunos de ellos me asquea y quizás por eso a veces creo que sería una suerte no estar dotado de facultades que me permitan darme cuenta de lo que realmente se esconde detrás de todo eso. ¡Dios mío, qué asco¡ ¿Y son esos hombres y mujeres los que han nacido para amar?
La respuesta es que sí, pero para hallarla hay que dejar que el alma surja de las profundidades a la que nos obligan a colocarla y esto es precisamente lo que ocurre cuando cantamos viejas canciones de la tierra en la que hemos nacido. Nos pasa a todos, aunque no queramos reconocerlo y aunque, incluso, nos avergonzemos por descubrir que aún poseemos un corazón de niño. Y, sin embargo, ¿no es de los niños el Reino?
JUAN




jueves, 26 de agosto de 2010

El solar de los padres

La portilla de madera chirrió antes de abrirse y a Juan le pareció que se quejaba porque en mucho tiempo nadie la había abierto. No sin cierta vacilación el hombre entró y enseguida resonaron sus pasos sobre el pequeño sendero de piedra que conducía al patio posterior. A su derecha, la Madre Naturaleza había cubierto de matorrales y hierbas de todo tipo un terreno que parecía haber sido una huerta en otro tiempo.
Dos grandes higueras ocupaban buena parte del patio y Juan sonrió al acercarse a la primera, recordando que nunca había podido encaramarse en ella más de un metro. Después, contempló la segunda con el mismo escepticismo conque la contemplaba de niño: se necesitaba ser todo un atleta para lograr encaramarse sobre aquella higuera.
Un poco más allá podía verse el brocal de un pozo absolutamente cubierto por una tupida enredadera. En apariencia daba la sensación de haberse secado hacía tiempo pero no era así, porque cuando Juan se asomó al brocal pudo ver brillar el agua allá en la negra profundidad. No obstante, era imposible sacarla puesto que no había cuerda ni cubo y además la rueda que permitía realizar la operación estaba totalmente oxidada y por lo tanto no funcionaba.
Juan miró la pequeña casita de una sola planta en la que habían vivido, hacía ya muchos años, sus abuelos. Los estragos del tiempo se notaban tanto, que aquella edificación se diría que era ya más bien una ruina sin la menor posibilidad de recuperación: sus viejas paredes de piedra parecían estar a punto de derrumbarse resultando casi un milagro que pudieran sostener el averiado tejado en el que se echaban en falta bastantes tejas.
De repente el visitante creyó escuchar una voz inconfundible, que en tono muy airado ordenaba:

- Juanín, haz el favor de no subirte a la higuera, que te pones perdido.
- Déjalo, mujer, que los niños tienen que jugar.
- Que no; que luego se pone perdido.
- Bueno, pues entonces me iré a recoger moras y entonces me pondré más perdido aún - contestó Juanín-.
Pero su madre, muy seria, advirtió:
- Haz el favor ¿eh? Que no tenga que volverlo a repetir.
Estaba seguro de que aquella conversación había tenido lugar muchos años atrás, pero ahora allí no había nadie, salvo quizás las sombras del pasado a las que la fértil imaginación de Juan hacían revivir.
El hombre se sentó sobre aquella tierra con la misma majestuosidad con la que se sienta un rey sobre su trono y permaneció allí varios minutos pensando. La ciudad, que avanzaba por todas partes, aún no había llegado a aquel reducto y así todavía estaba completamente sometido al imperio de la Naturaleza. Por encima de los árboles se percibía claramente el cielo, en el que flotaban unas cuantas nubes que eran arrastradas por un viento ligeramente húmedo.
-Cuando el polvo se coloca muy cerca del polvo se advierte muy bien lo poco que es uno - comentó mientras fijaba la mirada en el cielo-. Me siento culpable por haber ignorado deliberadamente la realidad y por no haberme preocupado de prepararme para afrontarla. El estudio y el trabajo sirven de poco cuando no se aprende a vivir.
- ¿A esa conclusión has llegado escuchando el latido de la tierra de tus padres? - la pregunta parecía proceder del fondo del jardín, aunque aparentemente allí solo había arbustos y un manzano.
- No os escondáis, Alteza, que os conozco por la voz y además ¿quien sino Vos podría estar aquí ahora?- contestó Juan sin poder evitar una sonrisa.

Johnny-boy emergió detrás del manzano. Tenía el pelo ligeramente alborotado y su indumentaria era tan moderna que diríase al verle era uno de esos adolescentes admiradores del alcohol y de esas machaconas canciones carentes de armonía que impiden toda conversación racional allí donde suenan.
-Hemos venido para advertirte que no es bueno recordar demasiado el pasado -explicó el Niño Azul -. Si lo haces sin tener en cuenta que el tiempo de entonces era diferente del de ahora te echarás la culpa por haberte equivocado; creerás que tus pensamientos y forma de ver la vida que entonces tenías eran ridículos y sentirás vergüenza por haber sido como fuiste.
-¿Y cómo fui en realidad, Alteza? - inquirió Juan -. Me veo a mí mismo allí, sentado junto al pozo, lleno de aburrimiento por estar con la familia y deseando que terminara la comida para largarme. Veo a mi padre hablándome, pero no le escucho. Observo a mi madre, que siempre vigilante me retira el vaso para que no pueda volver a servirme vino, pero tampoco le hago caso. En mi fuero interno me creo dueño del Universo y ahito de vanidad y de orgullo todo me parece poco. Por fin, cansado de escuchar mis tonterías mi padre me dice: "Eres una buena persona. Nadie podrá aventajarte en los estudios, pero todos te aventajarán en la vida. Esa asignatura la tienes suspendida, pero no te preocupes: al final tendrás que aprobarla".
- Tu padre tenía razón pero tú jamás fuiste un muchacho "ahito de vanidad y orgullo", como aseguras - replicó el Príncipe -. Muy al contrario: jamás valoraste tus cualidades. En cambio tus defectos te parecían horribles. No sabías venderte, como se dice ahora en tu mundo y por eso tu padre te decía que suspenderías en la vida.
- Por lo visto acertó - respondió el otro.
-Creemos que no. Tu padre hablaba como es lógico de la vida que conocía, hecha de días y de horas; de segundos, de semanas y de años. Una vida que comienza y que termina y que él deseaba fuera buena para ti. Por eso te inculcó el afán de estudio, tarea en la que triunfó, y se pasó la vida repitiendote aquella frase ¿recuerdas?: "Hay que espabilar, Juan, que la vida es un cuento y hay que saber vivirla". En esta tarea tu padre fracasó. Claro que él no podía saber entonces que tú y Nos éramos amigos.
-¿Lo sabe ahora?
- Claro que lo sabe, pero no hemos venido a decirte eso. Hemos venido porque aquellos que te aman no desean verte triste, ni quieren que las sombras del pasado condicionen tu presente. Si te has equivocado, eso no tiene remedio y de nada vale culpabilizarte ahora. Todos los seres humanos se equivocan, pero sólo algunos aprenden de sus errores. Sé tú uno de éstos últimos y que los fantasmas del pasado no aten tus manos ni hagan presa en tu corazón, ya que entonces la amarga Tristeza oscurecerá los días que te quedan de vida y Soledad jamás se apartará ya de ti. Aunque tú lo dudes, hay personas que te aman y no desean verte preocupado por cosas que ya no tienen remedio. Escucha sus consejos y no hagas como hiciste con algunos de los que te dio tu padre, porque los consejos de los que aman son siempre acertados.
JUAN

lunes, 23 de agosto de 2010

Alma enamorada


Así dijo Johnny-boy, el que mora tras el cristal y el azogue del Reino del Espejo y que es Primero en el Amor, al hombre llamado Juan:

Dichosa tú, alma enamorada, que tanto en tus días felices como en tus días tristes lo das todo sin pedir para ti nada. ¿Cómo no voy yo a saber tus más íntimos secretos? Esos que a nadie confías, porque crees que te descalificarían haciéndote aparecer ante tus semejantes como un pobre loco o un vano idealista son, sin embargo, lo mejor de ti mismo y están tan firmemente arraigados en tu alma inmortal que tú nada serías si un día fueran borrados por la dura lija de la lucha diaria. Es inútil que pretendas arrancarlos, ya que eso equivaldría a prescindir de ti mismo y aunque aquel que vive en amor dado está sujeto como nadie al sufrimiento y al dolor, quien todas esas cosas padece porque ama adquiere un puesto seguro en la eternidad.

Mira que Yo he escuchado el dulce estruendo de tu corazón y por eso decidí colocarlo sobre la red inmortal del Amor Verdadero, cuyo divino resplandor rige a todo el Universo y lo he llenado de Luz, para que aunque camines en medio de las tinieblas veas siempre y así ninguno de tus tropiezos serán estériles, sino que cada uno de ellos confirmarán tu inmortal destino. Cuando ya no estés sujeto a la servidumbre de la vil materia; cuando el tiempo no cuente, porque ya no habrá tiempo; cuando llegue ese día sin noche o esa noche sin día en la cual debas dejar este mundo, no has de llevarte nada de él salvo ese amor que has dado a raudales todos los días de tu vida. Únicamente entonces recibirás el amor de quienes realmente te aman y ya nada contará salvo ese Amor. Yo abriré tus ojos para que puedan admirar las maravillas del Universo y descorreré el velo que ahora ciega tu inteligencia para que compruebes que el Amor es todo y que fuera del Amor únicamente existe la nada. Así pues, alégrate y salta de gozo pues todos los que te aman esperan tu llegada . Ten, pues, ánimo valeroso y hazte fuerte en el sufrimiento y en el dolor que el Amor trae consigo y recuerda que quien pierde la capacidad de gozar o de sufrir está muerto aunque crea vivir y ese es quien llena el diáfano planeta de terribles sombras, que son como fantasmas ya que teniendo ojos para ver, no ven; teniendo oídos para escuchar, no escuchan y poseyendo un corazón hecho para amar, no aman. Ellos creen vivir ignorando lo que es la vida. Tú estás en medio de ellos y a veces vacilas porque te parecen felices, pero no no lo son. Sus risas están vacías; sus satisfacciones son incompletas y en muy buena medida ficticias y su aparente alegría muy presto se evapora dejando en el alma un poso amargo. Por mucho que tengan siempre están insatisfechas y por mucho que se les dé siempre exigen que se les dé más sin que haya nada en su triste mundo que pueda llenar su falta de amor.
Así pues, hijo mío, cuando la oscuridad esté a punto de anegarte y cuando tu corazón vacile porque estallan en él terribles tempestades recuerda entonces que el dolor y el sufrimiento indican que estás vivo. Ama y vive entonces, aunque sufras, porque ese sufrimiento no es estéril.
Observa cómo el herrero coloca sobre la llama el frágil hierro hasta lograr que se ponga rojo; escucha los recios golpes sobre el duro yunque y escucha el chisporroteo del metal cuando es sumergido en el agua y ahora dinos ¿sin todas estas operaciones, de qué serviría el hierro? Débil y quebradizo apenas poseería utilidad y, en cambio, así templado se convierte en uno de los pilares de vuestra civilización. Pues qué: ¿por ventura lo que le ocurre al hierro no ha de ocurrirle al Amor? ¿Cómo si no tendría utilidad? A las almas enamoradas ha de ocurrirles, pues, lo que le ocurre al hierro y así son colocadas sobre el fuego de la vida, golpeadas una y otra vez por las decepciones y las traiciones para que se templen y sumergidas por fin en las frías aguas del dolor y del sufrimiento.
Aquellos que aseguran que a tu mundo se viene a gozar se equivocan, porque el gozo que puede producir la vida es breve y así, sabiendo que pronto ha de terminar, se convierte fácilmente en gozo amargo. A tu mundo se viene a luchar. En primer lugar contra uno mismo, ya que todos los seres humanos llevan en sí mismos un germen de maldad al que deben ahogar con la abundancia de su bondad. Es ésta lucha callada, sin testigos y llena a menudo de fracasos, pero éstos no importan mientras se luche contra ellos. ¡Pobres de aquellos que creen que sus fracasos son victorias y sus afectos insanas debilidades¡ No habrá para ellos otra luz que la del divino Sol, fuente de vida, que sale para los buenos y para los malos; que todo lo da sin por ello esperar nada a cambio y del que depende toda la vida de este planeta. Ahora bien; si el Sol, que siendo el astro Rey no es sin embargo más que un foco de energía limitado y finito, tales prodigios obra ¿qué no de ha lograr un alma en amor dada? Conserva, pues, y cuida con todo cuidado esa chispa de eternidad con la que fuiste dotado. Es ella quien hace que te conmuevas ante el cielo estrellado en las dulces noches de Agosto. Es ella la que produce en tu corazón ese dulce estruendo que sólo se calma con el estruendo de otro corazón, que late a tu lado. Es ella quien hace que las lágrimas inunden tus ojos cuando no eres capaz de sujetar tus emociones y la que te motiva a buscar en los ojos de tu semejante un alma como la tuya.
Nos preguntas la razón por la que no la hallas y ésta es nuestra respuesta: No la hallas, porque los escombros de tu vida han caído sobre tu corazón y han sepultado la chispa de eternidad que en él existe. No seas, pues, tan riguroso, con los corazones ajenos porque los cascotes caen en todos ellos y no únicamente en el tuyo. Así pues, en lugar de lamentarte porque no aciertas a ver en ellos la divina Luz azul del Amor Verdadero, cúlpate a ti por no verla, pues tan cierto es que está en ellos como en ti mismo. Únicamente se ha de escarbar un poco para hallarla.
Contados están los días hasta que el Sol decaiga y al fin muera arrastrando con él la vida humana sobre la tierra. Hasta entonces, la especie humana seguirá evolucionando y descubrirá muchas cosas que hoy forzosamente deben estarle ocultas, ya que no está preparado para darles el uso debido. Cambiarán costumbres y modos de vida; se transformarán los continentes y las ciudades pero así te decimos: El Amor Verdadero nunca dejará de existir y será inmutable, porque todo lo une, todo lo eleva, todo lo soporta, todo lo comprende y todo lo puede.
JUAN

Sólo se vive una vez

- Nosaltres som catalans i no tenim necessitat de Madrid per res. Recomana-li als teus amics i que ens deixen viure en pau aquí - dijo Judit con chillona artificialidad y pésimo acento.
Juan no se dignó responder. En su fugaz visita a la hermosa ciudad de Barcelona se había propuesto no entrar en discusiones políticas, aún sabiendo que éstas eran inevitables sobre todo al final de las cenas. Debajo de la terraza podía escucharse el suave sonido del mar, que acariciaba la costa. Del divino Mediterráneo procedía una brisa fresca, que aliviaba el húmedo calor de la jornada y en el firmamento brillaban las estrellas.
- Da gusto estar aquí - dijo, en cambio -. No estropeemos este momento hablando de política, que estoy de vacaciones.
- Deberías venir más y entonces comprobarías que la cosa no es para tanto- terció Albert, que estaba acompañado por su joven esposa - Hay muchas leyendas respecto a nosotros: ni somos tan serios como se dice ni tan trabajadores como se supone. Nos gusta, eso sí, vivir bien.
- Bueno, menos mal que en eso no os difereciais de los que vivimos en la perversa ciudad de Madrid - respondió el llamado Juan, con ligero acento irónico y después, en tono normal, añadió -. Si no fuera por las circunstancias me veríais aquí a menudo, pero conforme avanza la vida somos menos libres de hacer lo que deseamos. Ya sabéis; primero el deber y después el placer.
- Sin embargo, sólo se vive una vez.
La observación procedía del senyor Gaudenci, un hombre de pelo blanco bastante mayor que todos nosotros y al que algunos llamamos "Tio Gundi". Juan lo había conocido cuando contaba con veinticinco años de edad y era entonces el dueño de una pequeña librería en el barrio de Grácia a la que acudía con asiduidad cuando estaba en Barcelona. En aquella pequeña librería, hoy desaparecida, "Tío Gundi" le había enseñado que la verdadera sabiduría se encuentra frecuentemente encerrada entre las tapas de un buen libro.
- Legenda esse multum, non multa - solía decir en latín, idioma que dominaba a la perfección.
Desde entonces, en lugar de leer muchos libros como había hecho antes , Juan se había limitado a leer mucho, que es cosa diferente.
La frase que el ex-librero acababa de pronunciar la había escuchado muchas veces en todas partes. Sin embargo, en la tibia noche mediterránea parecía cobrar un sentido nuevo:
¿Cómo había vivido y, sobre todo, cómo vivía ahora él?
A esta pregunta parecía fácil responder: Había vivido como había querido, sin aceptar nada que no le pareciera auténtico e ignorando deliberadamente aquellos aspectos de la vida que podrían atarle a ella de modo irreversible y definitivo. Había puesto por delante de su razón a su corazón, y el precario equilibrio que debe existir entre éste y aquella lo había roto , aún a sabiendas de sus consecuencias. Lejos de aceptar el mundo tal y como realmente era, como no le gustaba ni poco ni mucho, había creado su propio mundo y como ahora éste se le echaba encima cada día se preguntaba si no hubiera sido mucho mejor aceptar las cosas tal y como eran. No era la primera vez que se había hecho esa reflexión, pero conforme el inflexible Tiempo iba dejando caer su arena en el reloj de la vida esta duda era cada vez más intensa: si sólo se vive una vez, parecía evidente que él no había sabido vivir; no había sabido aceptar esta obvia verdad ni había obrado nunca en consecuencia, de modo que a pesar de toda su aparente sabiduría venía a resultar que era mucho más ignorante que cualquiera: Al fin y al cabo, si únicamente se vive una vez de lo único que deberíamos preocuparnos es de vivir lo mejor posible.
No obstante, cuando llegaba a este punto en su hasta entonces impecable razonamiento siempre ocurría lo mismo. A pesar de que Juan hubiera dado cualquier cosa por evitar que justo entonces le asaltara esa idea, lo cierto es que le llegaba con una fuerza avasalladora y completamente indescriptible. Era como si todo su ser se rebelara en contra de la famosa frase. No: Si sólo se viviera una vez no merecería la pena haber nacido; la vida humana sobre la tierra sería, en el mejor de los casos, una sarcástica burla del destino o de quien fuera. Nacido para amar todo lo bueno, todo lo bello y todo lo grande era imposible que ese importante atributo humano desapareciera en la niebla del tiempo cuando se agotara su energía vital: tenía que seguir existiendo. Más ¿quien podría decir dónde y cómo? Él no sabía responder a este interrogante, que seguía flotando en el espacio infinito pero también tenía que reconocer que debía haber alguna respuesta. No era posible que no la hubiera sintiendo él lo que sentía y del modo tan intenso como lo sentía. ¿Podría él, en un alarde de soberbia e hipocresía, despreciar lo que sentía porque eso le incomodaba y le hacía imprimir un rumbo a su vida que muchos no comprendían? Si, como está escrito, el Amor es una locura salvo para aquel que está enamorado, sólo cabía llegar a esta disyuntiva: O Juan estaba loco, o estaba enamorado. Y ya se sabe que el Amor y la Locura a veces se confunden.
JUAN

jueves, 19 de agosto de 2010

Abrenuntio vitae

Me llevó a Salamanca el más dulce y a la vez más duro de todos los deberes que el Amor impone y también, por qué no decirlo, mi deseo de recuperar, aunque únicamente fuera por poco tiempo, ese "calor de hogar" del que estoy privado desde el fallecimiento de mi padre y al que quizás deba referirme un día. No había ninguna razón especial que me obligara a interrumpir mis vacaciones, pero sí había un motivo y éste viene magnificamente expresado en una antigua canción:
"Volver a verte
Volver a verte
saber que existes
en realidad
Mirar tus ojos
besar tu frente
saber que existes
y nada más."
La tarde era muy calurosa y no invitaba en absoluto a aventurarse por las calles de la monumental ciudad ni aún sabiendo que merecía la pena admirar sus magnificas iglesias, los vetustos edificios de la Universidad Pontificia o la impresionante catedral, mudo pero elocuente testimonio de Fe y también un símbolo del poder omnímodo de la Católica y Apostólica Iglesia romana. No obstante, al final me decidí y provisto de una máquina de fotos me aventuré al azar por la ciudad hasta que casi sin darme cuenta me hallé en su Plaza Mayor, cuya perfecta y armoniosa arquitectura me detuvo durante algunos minutos. Al dar la vuelta bajo los soportales para poder contemplar mejor la fachada principal llamaron mi atención unas letras, que habían sido esculpidas sobre la dura piedra y que seguramente pasarían inadvertidas para la gran mayoría de visitantes del impresionante monumento:
"Aquí se mató una muger.
Rogad a Dios por ella".
La fecha de 1837 sugería que el autor de la frase había cometido una falta de ortografía, a no ser que la leyenda correspondiera realmente a un período muy anterior lo que quizás debiera haber preguntado. No lo hice porque me centré exclusivamente en el texto y empecé a pensar sobre cuales serían los motivos que impulsaron a aquella mujer a renunciar a la vida.
Lo más cómodo es creer que estaba loca y lo más hipócrita es pensar que se trataba de una cobarde. La Católica Iglesia romana así consideraba a los suicidas y les negaba el consuelo de los últimos sacramentos y de la tierra sagrada, porque aseguraba que los que voluntariamente se quitaban la vida descendían directamente al infierno: Vana presunción; frescura inaudita; inicuo autoritarismo en el que se esconde una absoluta y total falta de Amor y de comprensión. Hasta los antiguos romanos respetaban el suicidio como muestra más patente de que el ser humano está dotado de libre albedrío: "Mi vida es mía - le dijo la noble Antonia a su hijo Claudio cuando éste le rogó que no se suicidara -. He vivido demasiado tiempo; no quiero vivir aquí y no es educado esperar más en estas condiciones".
¿Qué motivaría a aquella mujer para que renunciara a la vida?¿Cómo puede comprenderse que, siendo como es tan breve, aún haya seres humanos que decidan acortarla? Es evidente que las penas del infierno no parecieron tan importantes a la suicida y esto no porque no creyera en ellas, sino porque seguramente imaginó que no podían ser peores a las que estaba padeciendo en vida. ¿Pobreza y miseria extremas, quizás? No creo. ¿Una enfermedad incurable para la que entonces no existía remedio? Tampoco me lo creo. La miseria, la pobreza y la enfermedad resultan soportables cuando uno se ve rodeado de amor, así que estoy absolutamente convencido de que a aquella mujer le faltaba lo más importante: El Amor de sus semejantes, fueran parientes o amigos. Al fin y al cabo, si el Amor es la verdad y la vida a nadie puede extrañar que ésta resulte enojosa y pesada sin Amor. Por otro lado es muy cierto que aunque a uno no le amen puede dar sentido a su vida amando a los demás dado que ese sentimiento no es, como algunos creen, de toma y daca; mercancía que se compra y se vende en la casa de contratación de la vida; letra de cambio que preserva de la soledad y del aburrimiento. No. El Amor es otra cosa. Da igual lo que cada uno crea acerca de ese sentimiento y es inútil engañarse con sucedáneos: El Amor es como es y no puede ser otra cosa.
Debido a estos argumentos a mí me parece que cuando a este lado del Espejo alguien pronuncia la frase de "abrenuntio vitae" en el otro lado el Amor se estremece, ya que ha fracasado. Ha fracasado, no solo porque no ha sabido inspirarlo en las personas que rodearon a la suicida, sino también porque tampoco se ha preocupado de que brotara en su alma inmortal, como brota la más bella de las rosas en medio del más asqueroso barrizal. Así pues el suicidio es siempre el fracaso del Amor y si hay alguna responsabilidad en el hecho únicamente a él le compete. Claro que ni el Amor mismo puede impedir un acto humano de libre albedrío, pero hasta llegar a ese punto creo yo que media un tiempo y es en ese tiempo cuando el Amor debería haber mediado. En el caso de esta mujer parece evidente que no lo hizo y entonces la pregunta es inevitable: ¿Acaso el Amor Verdadero tiene preferencias? Quien estas líneas escribe no puede responder a este interrogante y, pese a ello, una cosa es segura: Sin Amor, la energía racional de la que está formada nuestra alma inmortal pierde el atributo de la individualidad cuando nuestra vida termina y entonces muere ciertamente ya que ni siente, ni goza, ni padece, ni tiene la consciencia de su irrepetible yo. En la práctica es como si no hubiéramos nacido, con la diferencia de que antes de tal hecho para nada nos importaba nuestra individualidad, pues únicamente somos conscientes de ella cuando nacemos. El por qué hemos nacido es cosa que, de momento, escapa por completo a mi razón pero teniendo en cuenta que todo efecto debe tener una causa no voy a cometer el error de negar la causa porque no la conozca. Al fin y al cabo hay muchas cosas que aceptamos y que no conocemos, de modo que seamos un poco humildes aunque no confiados pues lo que nos ha sido negado a nosotros no hay razón alguna para creer que se les haya otorgado a otros, por muy Iglesia Católica que sean.
Sé por propia experiencia que el Autor de la Vida habla con voz propia a los corazones de los humanos. Uno a uno y corazón a corazón. Dichoso aquel que escucha sus consejos y se esfuerza por ponerlos en práctica. Ese, aunque los demás crean que haya muerto, vive para siempre.
Sin embargo, la pregunta sigue flotando en mi alma: ¿Por qué el Amor nada tuvo que decir al corazón de aquella que voluntariamente renunció a la vida? Hubiera bastado una sola palabra suya para evitar la tragedia. ¿Por qué faltó esa palabra?
JUAN

domingo, 15 de agosto de 2010

Fuego y danza

A últimas horas de la tarde del sábado, la risueña ciudad se colapsó. Con la mitad de sus calles cerradas al tráfico rodado la riada humana invadía calles, parques y avenidas. No había "chigre" ni restaurante que tuviera una mesa libre ya que todo el mundo quería respetar la antigua tradición: En la víspera de Begoña hay que cenar fuera de casa mientras se hace tiempo hasta que se quemen los fuegos artificiales. No hay límite de edad en lo que se refiere a esta tradición y por eso es corriente ver en esas mesas a abuelitos y abuelitas que comparten la cena con los más jóvenes.
El terrible don que Juan había recibido le traicionó una vez más. ya que al leer en los ojos de las personas ancianas podía ver también lo que a menudo pasaba por sus mentes: nostalgia, recuerdos, resignación y a veces abandono. Una vez más la vida no le pareció nada justa, pero se libró de hacer ningún comentario al respecto porque a fuerza de recibir batacazos había aprendido por fin a ser prudente.
A las once y media de la noche la gente comenzó a desplazarse hacia la playa o hacia el puerto deportivo, ya que eran los lugares idóneos para disfrutar del espectáculo de los fuegos artificiales, que son el orgullo de Gijón y que invariablemente se convierten en el centro de todos los comentarios del día siguiente. La cuestión a tratar siempre es la misma: los fuegos de este año ¿han sido mejores o peores que los del anterior? Nunca hay acuerdo unánime al respecto y la verdad es que sería muy raro que lo hubiere pero eso no tiene importancia: lo importante es convertir la noche de los fuegos en una seria cuestión de carácter local y para eso los gijoneses son únicos.
Los tres cohetes "de aviso" obligan a todo el mundo a mirar el reloj. El próximo acontecimiento a controlar es el apagado de las luces eléctricas, que tiene lugar inmediatamente después de que estalle el último de los tres cohetes.
La gente mira al cielo mientras en él se desparrama una sinfonía de colores entre estallidos más o menos ruidosos que semejan, a veces, el ruido de la lluvia cuando cae sobre un cristal. En las caprichosas figuras que la pólvora forma en el cielo cada uno cree ver lo que su imaginación le dicta y así como todos ven lo que desean ver, todos están muy satisfechos. Las enormes palmeras que se transforman en algo parecido a cascadas de agua generan admiración y las pequeñas virutas doradas y plateadas que caen lentamente mientras se consumen cortan toda conversación: se diría que con su silencio la gente cree que van a durar más tiempo, olvidando que los fuegos de artificio poseen la belleza de todo aquello que es fugaz. El ruido de los estallidos se refleja en los edificios y produce un eco que a nadie extraña y las sombras de la noche confunden las figuras humanas hasta hacerlas parecer sombras.
Son poco más de veinte minutos pero la ciudad entera valora cada uno de esos minutos como si se tratara de una hora. Quieren ruido, cadencia y luz. De todo hay, desde luego, pero siempre falta algo. Así pues, se conviene en que los fuegos de este año son más vistosos que los del anterior, pero menos ruidosos y ese "pero" desluce el comentario hasta que alguien reconduce la conversación y todos aceptan que, en conjunto, los fuegos de este año han estado muy bien.
El espectáculo más masivo de Gijón termina pronto pero enseguida comienza otro que durará toda la noche: la ciudad entera está invadida por personas de todas las edades que van de aquí para allá sin encontrar ni una sola mesa libre y eso que todos los bares, restaurantes, chiringuitos y chigres están abiertos. En la víspera de Begoña la ciudad no duerme y son muchas las personas que disfrutan observando el amanecer desde la playa.
Al día siguiente la fiesta vuelve a comenzar. Se anuncia por telefonía que a las dos de la tarde dará comienzo la masiva danza prima con la que Gijón pretende abrazar simbólicamente a todos los asturianos que se hallan allende los mares -estos queridos gijoneses siempre tan "grandones" - y en el Paseo del Muro de San Lorenzo no cabe una alfiler. Entonces la gente enlaza sus manos y forma una inmensa cadena, que se extiende a lo largo de todo el paseo mientras la monótona letra de la danza prima se repite una y otra vez: "la molinera trillará" y "qué bien trilladito está" - es trilladito, no trilladín, aunque esto parezca algo extraño -.Adultos, ancianos, jóvenes y niños bailan la más ancestral y misteriosa de todas las danzas del folclore asturiano, cuya letra es tan inmensa como la bondad divina y repetitiva hasta la saciedad. Todo el mundo saca fotos del espectáculo y cuando ha quedado bien claro quien es, cómo es y lo bien que trilla la molinera cesa la danza y suena el himno de Asturias entre sonidos de gaita.
Inmediatamente después comienza el "Restallón". El divino Sol apenas deja ver la luz blanca y azulada de los cohetes, pero el ruido que producen es aterrador y va "in crescendo". Afortundamente no dura mucho y termina justo a la hora de la comida. La comida ya se sabe que es siempre importante y más si se trata del día de Begoña.
JUAN

sábado, 14 de agosto de 2010

Echa un "cantarín"

El río Nalón, espléndido y magnifico, avanzaba majestuoso hacia su desembocadura en San Esteban de Pravia y el Sol de la tarde filtrándose entre las nubes las convertía en blanquísimas planchas de nácar. El incomparable paisaje, enriquecido por todos los tonos del verde, alegraba la vista, elevaba el corazón y nos hacía a todos contemplar la vida desde una perspectiva nueva, quizás la única que realmente interesa.
La comida campestre había concluido. Había sido abundante, y de no ser por la sidra probablemente indigesta y durante el largo periodo en que los platos se sucedían en cadencia casi interminable a Juan le habían preguntado muchas cosas. Se veía a la legua que allí era bien recibido.
- Xuacu, el tú amigu de Madrid non come - dijo una rapaza, que traía una bandeja con tazas para el café.
- Que non ye de Madrid, roxia, que ye de aquí -respondió el aludido en un ligero tono de reproche -Trabaya en Madrid pero en cuantu puede vien pa acá.
- Como bobu - terció la anciana Mary Nieves, que sorbía con fruicción su segundo plato de queso de afogalpitu, sin cuidarse ni poco ni mucho de las advertencias de su nuera en lo referente a sus efectos-. Por estes feches vien aquí mediu Madrid.
El llamado Juan levantó la mano hasta llamar la atención de Serafo, que se sentaba en el otro extremo de la interminable mesa y levantando bastante la voz dijo:
- ¿Cómo va todo por ahí? ¿Hay bastante sidra?
- Les botelles tan tiraes por el prau -respondió él-, pero estes mozes no faen otra cosa que dar el picu.
- No haberte sentado con elles, que yes un vieyu verde y gústate la fruta también verde - intervino su mujer, una matrona entrada en carnes que tomaba cafe "con gotes".
-¡Calla Concha, que un día ye un día¡
- Xuanín tú que yes poeta mira al cielu - dijo una rapaza morena, que hasta entonces había estado contando chistes.
Juan así lo hizo. Entre jirones de azul flotaban brillantes nubes de formas caprichosas y se abría paso el Sol de la tarde. Sus rayos divinos hacían estallar todas las tonalidades del verde arrancando destellos plateados de las aguas del río Nalon, que allá abajo en la hondonada parecía acariciar prados y bosques en su inevitable trayectoria hacia el mar Cantábrico.
Había gente tumbada sobre el prau y algunos niños jugaban entre los árboles pero la gran mayoría permanecia sentada en torno a la gran mesa que había sido colocada bajo un enorme moral siempre con el temor de que la lluvia terminara por estropear el día. Por fin la anfitriona dio por terminado su trabajo de atender a todo el mundo; se sentó frente a Juan y dijo:
- A ver si ye verdad que yes de aquí, Xuanín. ¡Hala¡ échanos un cantarín.
Juan, que estaba ocupado comiendo frambuesas, se atragantó al escuchar la petición de la mujer pero conservando la esperanza de que transcurriera sin pena ni gloria sonrió apresurándose a declarar en voz muy baja que cantaba muy mal.
- Eso no importa -declaró un paisano, que llevaba boina y fumaba un puro- Peor canta Don Silverio, el cura, pero cuando vien non se libra.
Cantar una asturianada requiere adoptar una cierta pose. Hay que levantarse, elevar un poco las manos como si se recitara y mirar a un punto fijo situado muy probablemente en el infinito. Las notas musicales de las tonadas asturianas son muy sencillas, pero se alargan de modo extraordinario hasta que de repente calla la voz y surge una pausa que se aprovecha para cobrar aliento y volver a empezar. Si la tonada tiene estribillo, lo que es muy frecuente, es repetido por los asistentes, entre los que nunca falta alguien que hace de director de coro, marcando las pausas y corrigiendo a los que quieren cantar muy de prisa.
Al final, no pudiendo evitarlo, Juan se levantó para cantar. Las primeras estrofas no le salieron muy bien, pero después se animó y las cosas empezaron a ir mejor. Se repitió, una vez más, la conocida sensación que se inicia en el corazón y sube hasta los ojos hasta anegarlos en lágrimas. Los recuerdos del pasado, al acudir en tropel como si hubireran sido convocados por la canción, se acumulaban uno tras otro en la mente y se sucedían en segundos mientras él desgranaba estrofas con su voz recia, viril y a veces un tanto desafinada:
"Soy asturianín, soilu de verdá
Naciu en la Corredoria
Todo el que nació en Asturias puede ya
decir que nació en la gloria.
¡Bendita tierra onde nací
Non puedo, Asturias
vivir sin ti..."
Entonces la alegre concurrencia, sin procuparse demasiado ni del tono ni del ritmo de la tonada, cantó:
"Palomina blanca, que vuelas al nido
onde está el mio amor
Si de alli ves a mi amante
Dile palomina lo que sufro yo
Dile tú lo que la quiero
que por ella muero y que no la veré
Es tanto lo que la adoro
que su ausencia añoro
y me moriré..."
Juan

jueves, 12 de agosto de 2010

Tradiciones celtas en Asturias

Relata Tito Livio que los Astures se opusieron ferozmente a los romanos, a los que juraron derrotar, y que alcanzaron notables éxitos de modo que únicamente pudieron ser sometidos bajo el emperador Augusto. Este pueblo de origen celta era muy belicoso y aunque los romanos hicieron todo lo posible para que sus costumbres quedaran olvidadas, lo cierto es que Asturias conserva muchas de ellas si bien debidamente cristianizadas. Así pues, en Asturias se sigue bailando en circulo, se adornan las fuentes con flores y vegetación, se organizan grandes banquetes de innumerables platos, se toca gaita y tambor y se celebra de modo magnífico la llegada del solsticio de Verano en la noche de San Juan.
Vienen a mi mente los alegres días de mi infancia. Entonces se celebraba de un modo magnífico la festividad católica de San Juan Bautista, que coincidía exactamente con las antiguas celebraciones celtas en honor del divino Sol, fuente de vida. La conocida tonada de "a coger el trébole, el trébole el trébole; a coger el trébole la noche de San Juan" refleja exactamente la tradición celta de recoger flores durante la noche más corta del año y la costumbre de echar la clara de un huevo en agua esa misma noche para que al día siguiente se pueda admirar el barco velero que se forma en el seno del líquido tiene también el mismo origen.
Los banquetes de los celtas eran interminables. Se dice que llegaban a durar días enteros y que hasta se dormía sin abandonarlos. No había asientos, así que los comensales se sentaban en el suelo sobre pieles de animales y comían hasta hartarse. En las fiestas de iniciación sexual era costumbre que las jóvenes, vestidas de verde claro, se perdieran entre los bosques para que las hallaran los muchachos, que vestían de verde oscuro. A lo mejor, de ahí viene la costumbre de llamar "verdes" a los chistes algo subidos de tono. En cualquier caso, a la Católica Iglesia Romana no le gustaron nada estas libertades, así que comenzó a demonizar el color verde y con ello surgieron dichos cargados de negatividad hacia ese color: "El que de verde se viste con su hermosura se atreve" o la expresión "esi vieyón verde"avalan suficientemente, creo yo, la anterior afirmación.
Para los antiguos celtas algunos montes eran sagrados celebrándose en ellos rituales religiosos inevitablemente acompañados de grandes banquetes. Hoy día, la abundancia de ermitas y la enorme variedad de fiestas locales confirma esa tradición.
Al revés que en otros pueblos de la antigüedad la mujer ejercía un gran protagonismo y era, quizás, más importante que el hombre en muchos aspectos. Participaba de modo muy activo en cacerías y guerras; los druidas siempre tenían en cuenta sus opiniones y tenían una actitud muy activa en cuanto a prácticas sexuales en las que no existía disimulo alguno, eligiendo para tan noble fin como parejas a los varones más apuestos y valientes de la tribu. De muy buena gana el hombre se dejaba llevar por ellas y nada hacía sin contar con su consentimiento. Cocinar, servir la mesa y mantener la choza limpia eran tareas a las que jamás podía acceder un varón y ¡ay de aquel que lo intentara¡ La actual costumbre de que en la mesa los varones se sienten juntos en un extremo de ella y las mujeres lo hagan en el extremo contrario se debe a la necesidad de que sus conversaciones no se entrecrucen, pero en cuanto a lo referente a comer y beber no había diferencia alguna: las mujeres celtas comían tanto o más que los hombres y se emborrachaban de lo lindo con el hidromiel. No es extraño que tras los enormes banquetes ellos y ellas quedaran rendidos y durmieran sobre el suelo, costumbre que aún perdura cuando se celebran las comidas en el campo.
La tradición celta se manifiesta también en los bailes: En el llamado "corri-corri" un sólo hombre "atiende" a ocho o más mujeres y mientras aquel da saltos y brincos las mujeres bailan en circulo. Hay que insisitir en que para los antiguos celtas el círculo poseía un significado acusadamente religioso y que el aparente machismo de la danza es falso: Es el hombre quien se exhibe ante las mujeres a fin de que alguna de ellas lo elija y no al revés.
En el llamado "Pericote" las cosas se aclaran suficientemente: Cada hombre baila frente a una mujer y el conjunto avanza o retrocede formando círculos. Como en casi todo, son las mujeres las que han dado nombre a este baile.
En cuanto a la "danza prima", que se baila en toda Asturias, tiene tres cosas en común: participa en ella todo aquel que lo desea, es esencialmente circular y exclusivamente coral, es decir: no hay instrumentos musicales siendo uno de los danzantes quien canta y los demás le hacen coro.
Respecto de la llamada "asturianada" hay que decir que es en realidad una tonada cuyos orígenes se entroncan con la tradición celta del canto a la naturaleza en todas sus manifestaciones. Con lenguaje musical propio se canta normalmente en bable y es la mayor señal de identidad de la región asturiana. Casi todas las celebraciones terminan con estos populares cantos, entonados por igual por hombres y mujeres y bien regados con sidra, la bebida asturiana por excelencia sin la cual no puede celebrarse fiesta alguna.
JUAN

miércoles, 11 de agosto de 2010

Entre duendes y "trasgos"

Situado en plena cornisa cantábrica y al este del Principado de Asturias se eleva el monte Auseva, donde está ubicado el Real Sitio de Covadonga. El hermoso parque natural conocido con el nombre de "Picos de Europa" está sumido en una especie de neblina que se mantiene a lo largo de los once kilómetros que separan la Basílica de Cangas de Onís. Es un paisaje magnífico y lleno de misterio en el que seguramente duendes y trasgos hacen de las suyas antes de que el divino Sol deshilache nubes, seque el rocío de los prados y arranque de las hayas y de los fresnos el purísimo y brillante verde, que alegra el corazón.

Tras superar un nuevo recodo de la carretera puede verse a lo lejos, como flotando en la niebla de la tibia mañana, el rosado edificio de la Basílica de estilo neorománico y mucho más moderna de lo que la gente cree ya que fue edificada entre los años 1877 y 1901. Anteriormente había allí una iglesia, pero se incendió en 1777. Ahora, cuando los autobuses cargados de peregrinos doblan este mismo recodo se comienza a escuchar la misma canción:


"Bendita la Reina

de nuestra montaña,

que tiene por trono

la cuna de España.

Y brilla en la altura

más bella que el Sol

Es Madre y es Reina;

venid peregrinos

que al verla se aspiran

amores divinos..."

Canción de Fe y de Amor que aprisiona el corazón sin que el cerebro pueda hacer otra cosa que dar testimonio del hecho. Purísima oración que sube al cielo y que nos convierte en niños, aunque seamos ancianos. Apasionada protesta de un corazón que ama tras la que se halla todo un pueblo.

Allá en la Cueva la Santina sonríe una y otra vez: "Estos hijos míos -dirá una vez más - nunca me olvidan".

La cueva en en sí misma impresionante. Se accede a ella a través de una larga escalinata y entre el ruido del agua de una salvaje cascada. Aunque los historiadores católicos aseguran que gracias a la protección de la Virgen María los moros fueron derrotados, lo cierto es que Don Pelayo trajo consigo una imagen de la Señora y que la dejó en esta cueva tras haber vencido a los musulmanes. Alfonso I, llamado el Católico, mandó construir allí una capilla que un incendio destruyó por completo luego. La imagen actual es del siglo XVI. Desaparecida en la guerra civil española de 1936-1939, fue luego hallada en la Embajada de España en París y conducida en triunfo a Asturias.

Hay una fila de bancos cerca del altar desde que se observa muy bien a la Santina. Es una talla de madera, bellamente policromada, con un rostro de facciones serenas y muy dulces. En una de sus manos sostiene al Niño y en la otra brilla una rosa de oro. No muy lejos se halla el panteón real donde presumiblemente reposan el Rey Pelayo, su esposa Gaudosia, Alfonso I y su mujer Ermesinda, hija del primer rey asturiano.

Desgastadas por el tiempo y por la humedad de la cueva aún pueden leerse las letras del epitafio de Palayo:

" Aquí yace el Señor Rey Don Pelayo elleto el año de 716 que en esta milagrosa cueba comenzo la restauración de España bencidos los moros. Falleció el año 737 y acompaña su muger y ermana"

Sin embargo, no es seguro que allí se hallen los verdaderos restos de Pelayo pero eso es lo de menos ya que todos los visitantes lo aceptan sin la menor resistencia, como aceptan también a la propia Santina ante la que estallan todo tipo de emociones.
- Mira Xuanín yo non creo en Dios, pero que no me toquen a la Santina - me dice un chavalón de casi dos metros de estatura en cuyos ojos azules brillan las lágrimas.
Tengo que sonreír. ¡Oh estupidez humana que te empeñas en negar cuanto eres incapaz de comprender¡ ¡Con lo sencillo que sería rendirte a la evidencia de los sentimientos y aceptar que el Amor nos convierte en dioses¡
Mis ojos se fijan en la imagen con detenimiento. Adornada con un manto carmesí bordado en oro la Santina parece escuchar mi indefinible, torpe y vaga oración: ¡Oh noble y graciosa Señora¡ Dejad que mi corazón siga siendo el de un niño hasta que se desvelen para mí los misterios del Reino y cuando el dolor que el Amor produce esté a punto de vencerme, que sea el Amor quien me consuele.
Así digo sin mover mis labios y enseguida noto que mis ojos están húmedos: ¿Será posible que una imagen de madera cubierta de lienzo me haya oído? Yo juraría que sí: que no solo me ha oído sino que ha soplado en mi alma su respuesta y que ese divino soplo se ha transformado en lágrimas. Alguien a mi lado advierte mi emoción y cariñosamente me llama la atención:
- Xuan que yes un hombre hechu y derechu.
- Pues por eso -respondo con la voz ligeramente alterada.
El resto de atractivos que presenta el lugar están llenos de interés, pero no son en modo alguno comparables al que despierta la pequeñina y galana imagen de la Virgen, Madre de Dios. Aunque sea un hombre lleno de defectos, pródigo en debilidades y perdido a veces en los terribles recovecos de la vida suplico a esta imagen que no me deje jamás de su lado, pase lo que pase y después de hacer esta súplica noto perfectamente que desciende sobre mí la Paz mientras el divino Sol, deshilachando por fin las nubes, ilumina la gran explanada que se extiende frente a la Basílica.
JUAN

martes, 10 de agosto de 2010

En Cangas de Onís

Es tradicional que en mi viaje hasta Covadonga me detenga en CanguesOnis, la primera capital del Reino de Asturias y lugar entrañable en el que pasé días felices cuando era un adolescente lleno de ilusiones, aunque siempre consciente de mi destino. 7.000 hectáreas de este Concejo asturiano forman parte del Parque Natural de los Picos de Europa en el que se hallan la Cueva y Basílica de Covadonga. El nombre de "Cangas" puede proceder del bable y referirse a las cabañas en las que vivían los que formaban pueblos improvisados. Estas cabañas o chozas tenían el techo de paja o de brezo y para evitar que el viento los levantara se colocaban encima de ellos palos. También puede provenir de la voz latina canicas, es decir: sendero propio de perros debido a su angostura. Sea cual fuere la procedencia de esta palabra, lo cierto es que rodeada de robles, hayas y fresnos la "mínima urbe, pero máxima sede" en la que hoy me encuentro ha experimentado un notable crecimiento en las últimas décadas.
En Cangas de Onís hay bastantes monumentos que deben ser visitados, pero entre todos ellos quizás el que resulta más interesante para mí es la Iglesia de la Santa Cruz, que fue edificada en el año 773, posteriormente destruida y en la actualidad reconstruida. Muy famoso es el llamado Puente romano, aunque hay que decir que fue realmente construido en la época de Alfonso XI.
Dejando aparte la historia y el patrimonio cultural de la ciudad lo que más conmueve e impresiona del lugar es su entorno natural, verdaderamente magnífico y hecho de montaña, campo y agua. En días despejados se pueden hacer pequeñas excursiones a los montes circundantes para observar cómo la divina luz del Sol se filtra entre los robles hasta acariciar un suelo húmedo y siempre verde. Es entonces cuando se produce una indescriptible sensación de paz espiritual que nos hace estar alegres y que a veces hasta nos cura del estrés ciudadano. Contempladas las cosas desde la cima de un monte ofrecen una perspectiva diferente a cuando se contemplan desde el medio de una gran ciudad y eso me hace recordar una de las frases que más impacto han producido en mi vida y que me fue dicha precisamente aquí: en Cangas..
No había cumplido aún veinte años cuando comencé a experimentar los terribles zarpazos que el ser humano es capaz de dar a sus semejantes. Me daba cuenta de que los daños que producían eran verdaderamente demoledores y que sin embargo no veía por parte alguna el beneficio que lograba quien los producía, así que no podía entender el hecho del daño gratuito y sin beneficio.
- No puedes, Xuanín, porque mientres la mayoría de la gente se arrastra por el sueluye como si fueres en avión y de esi modu non ves los bichos que se arrastren - me dijo un anciano de pelo blanco, cuya imagen no he podido olvidar.
Entonces, ciertamente, no veía "los bichos" en cuestión , pero tuve que verlos luego. La vida no me ha ahorrado ninguno de ellos porque para "dir en avión siempre" hace falta no vivir en el mundo y todos tenemos que vivir en él, de grado o por fuerza. A mí me hubiera gustado que ese mundo fuera un poco mejor de lo que es y de hecho me esfuerzo cuanto puedo en lograrlo. Debo confesar en este sentido que, como no gano para fracasos, en más de una ocasión me asalta la siguiente duda: ¿Estaré haciendo lo que debo o simplemente estaré haciendo el tonto? Al fin y al cabo mi vida podría tomar otros derroteros si así me lo propusiera, sin más ataduras que las que yo deseara tener ni otras obligaciones que las libremente asumidas. Sin embargo, esta duda no puede progresar nunca: nunca podría dejar de ser como soy y si forzara mi naturaleza para dejar de serlo es seguro que me alejaría de la felicidad, aunque muchos creyeran que la había conseguido.
La felicidad únicamente puede lograrse si nos aceptamos tal y como somos; obramos consecuentemente con ello y sabemos hallar una disculpa para todos aquellos que nos ofenden injustamente. Al fin y al cabo, si las ofensas que recibimos de nuestros semejantes se deben a la envidia, a la soberbia o al orgullo debemos compadecerlos porque lo crean o no, no son efectivamente libres, sino esclavos de sus vicios y defectos. Todos los tenemos, naturalmente, pero la diferencie está en que mientras algunos luchamos por sujetarlos con mano de hierro, otros prefieren creer que es mejor someterse a ellos.
Perdido entre los montes que rodean a Cangas de Onís estos pensamientos no suscitan la menor resistencia. Es como si al escucharlos la Naturaleza entera los aprobara. Eso es, al menos, lo que a mí me parece aún cuando no pueda escuchar ni una sola palabra porque quizás la Naturaleza no las necesite para hacerse entender. Eso sí, hay que escucharla con mucha atención ya que siempre tiene algo que ofrecernos. Os sugiero, pues, que hagáis lo mismo que yo; que os pongáis en contacto con ella y que sin despegar vuestros labios hagáis preguntas: quedaréis admirados de sus respuestas lo mismo que hoy lo estoy yo.
Estas pequeñas cosas os aseguro que forman parte de la vida. No renunciéis a ellas por nada del mundo y entonces os aseguro que sereís mucho mejores.
JUAN

lunes, 9 de agosto de 2010

Cuando Amor escribe

Los días soleados son bastante raros en estas tierras y ni siquiera en verano puede contarse con la diaria visita del divino Sol. Es el tributo que paga Asturias por su indescriptible belleza, por sus maravillosos campos cubiertos de verdor y por sus enormes y pulcras playas a la que las olas del mar acarician una y otra vez.
Esta mañana me encontré con una sorpresa muy agradable mientras leía el periódico "La nueva España"Cursiva. Normalmente leo periódicos después del desayuno pero en esta ocasión algo llamó mi atención hasta el punto de interrumpirlo. Era una carta. Era una carta de amor de un nieto a su abuelo en el día de su cumpleaños. Redactada en términos muy apasionados destacaba en ella una frase que se repetía muchas veces: "Güelito yo te quiero mucho. Todos te queremos"
Eso es. Por si no fuera poco tu amor añade el de los demás, porque cuando se llega a la edad de tu abuelo se necesita todo el amor del mundo para seguir viviendo. Él lo sabe ahora, aunque antes no. Tú lo sabes ahora y eso llevas adelantado.
¡Ojalá todos los abuelos y abuelas del mundo fueran amados¡ No es así, porque somos egoístas y avaros de nuestro tiempo. Creemos que los días de nuestra vida deben ser empleados únicamente en nosotros mismos y por si acaso la conciencia nos remuerde un poco por ello enseguida conseguimos aplastarla con miles de argumentos, cuyo común denominador es siempre el egoísmo. Los ancianos nos fastidian la vida, no solo porque a menudo hay que estar pendiente de ellos a todas horas, sino sobre todo porque nos impiden hacer lo que deseamos. Y lo que deseamos ya se sabe qué es: divertirnos, viajar, dejar que los rayos del divino Sol bronceen nuestro cuerpo, bañarnos entre las olas del mar, comer...en definitiva disfrutar de la vida.
En la carta a la que me refiero no se hablaba de nada de eso. Se hablaba de dar, no de pedir; se procuraba agradar y no reprochar; estaba llena de muestras de agradecimiento y de entrañables recuerdos, no de reivindicaciones ni de frustrados derechos. Era una carta de Amor y cuando el Amor escribe cualquiera que tenga un corazón se siente conmovido. Claro que hay personas que a fuerza de racionabilidad, de decepciones, desengaños y frustraciones han convertido su corazón en una piedra de granito. Estos corazones jamás se conmueven: ni por Amor ni por nada, pero esos corazones tampoco interesan a nadie. No tienen más amigos que los que son fruto de la conveniencia ni más afectos que los que a ellos les convienen. Disfrazan su frialdad y su glacial indiferencia ante el sufrimiento ajeno con una máscara de racionabilidad que creen mucho más importante que el amor mismo. Al fin y al cabo eso del amor es una tontería inventada por unos cuantos románticos, que lo han mitificado cuando en realidad se trata únicamente de una reacción electromagnética entre unas cuantas neuronas cerebrales. ¡Pobres ignorantes¡ Hasta el último segundo de su vida el ser humano ama, aunque pueda perder toda capacidad para manifestarlo. Quien estas líneas escribe, que tiene la suerte o desgracia de saber leer en los ojos del ser humano, así lo manifiesta y me tiene completamente sin cuidado si quien esto lee lo cree o no lo cree. Es así y por eso compadezco muy de veras al ser humano en cuyos ojos no leo más que egoísmo: puesto que únicamente te quieres a ti mismo, por mi nombre te aseguro que únicamente eso tendrás.
Alguno podría alegar que tratándose de la carta de un niño no puede darse mucha importancia a los sentimientos que se reflejan en ella. Craso error. El amor de los niños es puro e incontaminado; el de los mayores, por desgracia, está a menudo mezclado con otros sentimientos no necesariamente buenos y es así mucho más imperfecto. No sé si eso es como consecuencia de la vida, claro. Ahora bien; una cosa sí que puedo asegurar y es ésta: yo no soy un niño, he tenido decepciones como el que más; he sufrido y mucho por la ingratitud de los que creía que me amaban y, sin embargo, no he perdido nada de ese amor. Es más, me parece que con la llegada de la madurez se ha acentuado y perfeccionado, aunque eso puede ser una simple impresión mía.
No puedo juzgarme a mí mismo, así es que juzgad vosotros por lo que leéis. ¿Creéis que es como a mí me parece o únicamente os parezco un romántico inmaduro? Si es así tendréis un gran problema, ya que os preguntaré qué gano yo con ser un romántico inmaduro. Hacedlo, no obstante, y obtendréis de mí esta respuesta:
La vida eterna.
El que no crea en ella allá él, pero existe. No se trata de cielos, infiernos o paraísos. Se trata de alcanzar o no el fin para el que hemos nacido; el fin que justifica nuestra presencia en este mundo y el único que satisface por completo los más ocultos deseos de nuestra alma inmortal. Ese fin se llama Amor Verdadero y tanto tú como yo lo tenemos a la vuelta de la esquina.
JUAN

sábado, 7 de agosto de 2010

Liderarse a sí mismo

Antes de cualquier razonamiento es necesario admitir sin reservas el siguiente axioma: Por más que nos esforzemos y procuremos complacer a todo el mundo, eso nunca resulta posible. Por lo tanto hemos de conformarnos con gustarnos a nosotros mismos y por eso debemos conocernos y aceptarnos tal y como realmente somos. Hay muchas personas que por mucho que hayan vivido no han aprendido, sin embargo, a conocerse a sí mismas y eso las convierte en manejables y ligeras, tanto en lo que se refiere a sus juicios sobre la realidad, como en cuanto se refiere a la responsabilidad derivada de sus propios actos teóricamente libres.


A mi juicio, el hombre o la mujer que no se conocen a sí mismos se convierten en juguetes de las circunstancias, modas y tópicos, que no por ser modernas tienen que ser necesariamente buenas haciendo estériles sus vidas por más que ellas las crean importantes. En realidad, nada de cuanto está fuera de nosotros es realmente importante, pero para llegar a esa conclusión es necesario que nos demos cuenta de un hecho importante: Al único ser de la creación con quien realmente nos interesa llevarnos bien somos nosotros mismos, sin perjuicio de que una vez que hayamos conseguido eso nos preocupemos también por nuestros semejantes. Pero nunca antes. La opinión de los demás, aún siendo muy respetable, no puede influir ni poco ni mucho en nuestro modo de entender la vida por una sola razón: Es nuestro el modo de verla; nos pertenece por entero y únicamente nosotros podemos gobernarnos. No será, seguramente, el mejor modo de todos los posibles; puede ser, incluso, un modo que sorprenda a los demás y que en algunos casos suscite hasta comentarios desagradables; pero aún así ese modo de ver la vida es nuestro. Nadie tiene derecho alguno a alterarlo y no hay ninguna autoridad que pueda modificarlo. Únicamente somos nosotros, sólo nosotros, los que podemos y debemos encauzarlo poniéndolo al servicio de todo aquello en lo que creemos; de todo aquello a lo que verdaderamente amamos y de todo aquello que nos consta nos perfecciona. Si para conseguirlo hemos de imponernos una cierta disciplina, incurrir en ciertos sacrificios o afrontar los sarcásticos comentarios de aquellos que presumen de tener más experiencia, inteligencia o sentido común que nosotros mismos no debemos dudar ni un instante. Es absolutamente necesario que cada uno de nosotros discurra por el camino de la vida que libremente ha elegido, afrontando todas las consecuencias y asumiendo todas las responsabilidades a que dé lugar.


Ser líder de uno mismo es una tarea muy difícil y a veces ocupa una vida entera. Aún así merece la pena invertirla en eso, puesto que renunciar a ser líder de uno mismo equivale a renunciar a la vida misma. Hemos nacido libres y hasta tal punto, que áun habiéndonos sido dada una inagotable capacidad para amar, nadie nos puede obligar a desarrollar al máximo dicha capacidad. A veces, incluso, ni sabemos lo que es y significa amar confundiendo nuestros sentimientos hasta formarnos un galimatías indescifrable únicamente para convencernos de que cualquier cosa que hagamos, buena o mala, resulta siempre la más conveniente, necesaria o simplementemente única. Con todo, debemos darnos cuenta de que ni tú ni yo podemos vivir la vida de los demás. La gran pregunta que creo debemos hacernos todos es la siguiente: ¿Estoy o no estoy satisfecho de cómo vivo y de de como gasto el maravilloso tiempo que me dan? Si la respuesta es afirmativa, sobra todo opinión o consejo de los demás; si no lo es los consejos y advertencias que nos den no servirán de nada hasta que nosotros mismos estemos decididos a imprimir un rumbo nuevo a cada uno de los días de nuestra vida.
Con la mejor intención del mundo a quien escribe estas líneas le han dado en su vida muchos consejos, algunos sin duda muy buenos. Quienes me los han dado no comprenden en muchos casos cómo no los he puesto en práctica y entonces deducen que han perdido el tiempo conmigo y comentan eso de: "Se lo he dicho más de cien veces de todos los modos posibles, pero como si dijera misa, vamos". No se dan cuenta de algo que es elemental: a la hora de poner en practica los consejos que me han ofrecido surge un aspecto nuevo que ellos jamás tuvieron en cuenta y ese aspecto basta y sobra para convertir en estéril el consejo. El "yo en tú caso haría esto" no existe.
Nadie escapa del error, por supuesto; pero un error no es más que un fallo que se produce en el camino que cada uno de nosotros ha elegido y es en este sentido cómo debemos interpretar el dicho de "corregir al que yerra": no es corregir el camino del que se equivoca; no es sacarle de él a cajas destempladas para arrastrarle a nuestro propio camino, ni mucho menos comentar amargamente la extraña tozudez de quien no se deja llevar por lo que le digamos. Para corregir la equivocación que alguien ha cometido o remediar el fallo en el que ha incurrido es absolutamente necesario conocer y aceptar el camino elegido por aquel a quien deseamos ayudar. Si le sacamos de él a cajas destempladas para hacer que marche por el nuestro no le ayudamos, porque tu camino no es su camino.

No hay que deducir de lo anterior que es más fácil convertirse en líder de los demás que ser líder de uno mismo. Es justamente lo contrario: únicamente podemos ser líderes de nosotros mismos y la ayuda que podamos ofrecer a nuestros semejantes únicamente les será útil si realmente les sirve para el mismo fin: ser líder de uno mismo. Entonces cabe una pregunta, una pregunta importante con la que deseo concluir mi comentario: Si no podemos, no sabemos o no queremos guiarnos a nosotros mismos, ¿cómo pretendemos entonces convertirnos en guías de los demás, enfadándonos de lo lindo si no lo conseguimos?

JUAN





viernes, 6 de agosto de 2010

La "Semanona"

¡ Viva Gijón¡
¡ Viva la Virgen de Covadonga¡
Estas dos exclamaciones cerraron el pregón de la fiestas de Begoña correspondientes al año 2010, en el que hubo muchas alusiones a las costumbres y aficiones de esa villa marinera que se extiende a orillas del bravo Mar Cantábrico. El Nordeste, soplando recio, había barrido las nubes y un Sol esplendoroso lucía en medio de un cielo perfectamente azul, nada corriente en estas tierras norteñas. Se trataba de un perfecto día de playa y quizás debido a ello la asistencia al pregón no era muy nutrida. No obstante, se alzaron bastantes brazos cuando comenzaron las canciones, que son ya típicas en estas fechas: el "Gijón del alma" y, sobre todo, el "Himno de Asturias".
La Excelentisima y muy querida señora alcaldesa de la ciudad nos recomendó a todos que nos divirtiéramos en estos días de fiesta y a pesar de la crisis, para mí que la gente tomó buena nota del consejo con la intención de cumplirlo a conciencia. Ocasiones no faltarán, pues ya esta misma noche comenzarán las fiestas de San Salvador, en Deva, con "corderada", romería, juegos varios para niños y mayores y, sobre todo, sidra. Mucha sidra. Así pues, en el "prau" en que se celebrará la fiesta se reunirán todos: viejos y jóvenes, porque la fiesta es para todos. Y mañana, que es domingo, misa solemne con procesión, gaita y tambor.
Todas las fiestas populares asturianas obedecen, más o menos, a este patrón y ni el tiempo, ni los razonamientos más elaborados, ni los adelantos de la tecnología tendrán nada que hacer a no ser que se alíen estrechamente con este conjunto de tradiciones celtas, que fueron debida y sabiamente cristianizadas. Sin embargo, y al revés de lo que ocurre en otras autonomías, regiones, naciones etc. en Asturias no existe un átomo de separatismo. No en vano la santina tiene por Trono la cuna de España.
Esta mañana no he podido dejar de sentir un cúmulo de emociones, que al subir impetuosas del corazón a la mente hicieron que mis ojos se anegaran en lágrimas. ¿Qué débil soy, verdad? Bueno, yo nunca lo he negado, ni tampoco esa extraña sensibilidad que me hace disfrutar intensamente o sufrir intensamente también, según los casos. ¿Que me avergüenze de ella, dice usted? En modo alguno, ya que si de algo puedo gloriarme es de ser débil, sensible, emotivo y afectivo. Al fin y al cabo ¿tiene algo de particular amar a la tierra de los padres cuando realmente se es un hombre que ama?
La vida está llena de luces y de sombras, aunque para algunos parece existir en ella más sombra que luz. Esto no es algo injusto ni mucho menos incomprensible sino una consecuencia lógica de nuestra naturaleza, que si en la vida únicamente hubiera luces seguramente nos olvidaríamos de nuestro destino inmortal y si, por el contrario, únicamente hubiera sombras ese destino no traería completamente sin cuidado, pues no sería peor que el que tenemos aquí mientras vivimos.
Pese a las decepciones y desengaños yo sigo teniendo una inagotable fe en la persona humana. Es cierto que a veces se comporta muy mal, que llevada por el egoísmo justifica actos execrables y que cegada por el afán de riqueza y de poder es capaz de todo. Pero también es capaz de sentir, de llorar, de alegrarse y de apenarse, de crear, de componer, de pintar, de sentir ternura y compasión y...sobre todo...es capaz de amar.
El amor humano conmueve al universo entero. Cuando, transcurrido el tiempo, se descubra vida inteligente en el Universo nosotros podremos sorprendernos del elevado grado tecnológico de sus civilizaciones, de la sabiduría y racionalidad de su cultura o de su inteligencia superior a la nuestra. Sin embargo, esas civilizaciones se conmoverán ante nosotros, porque se darán cuenta de nuestra inagotable capacidad de amar. Tratándose de civilizaciones superiores no hay que temer que nos envidarán por ello y cabe esperar que nos pidan que les enseñemos a amar.
Ya sé que estas cosas es fácil negarlas. De nada sirve hacerlo, no obstante, porque de vez en cuando filósofos y tecnólogos, científicos y médicos se encuentran con fenómenos como el ocurrido esta mañana en la Plaza Mayor de Gijón y no hallan para ellos ninguna explicación racional. No digo, claro está, que no lo intenten: la historia de la humanidad está llena de intentos en este sentido. A pesar de ello, siempre han fracasado: en todo evolucionamos, salvo en el Amor y es ésta una gozosa realidad contra la que nada pueden hacer doctrinas, razonamientos, y argumentos.
El Amor existe y es una gozosa realidad.
JUAN