El Tribunal Constitucional he emitido su fallo e inmediatamente ha estallado una tormenta llena de truenos y relámpagos en tierras catalanas. Han puesto allí su bandera a media hasta y han retirado la bandera española mientras el Presidente Montilla, en un catalán impregnado de acento castellano, convocaba a la ciudadanía a una manifestación para el próximo día 10 de julio. Los independentistas, con Carot Rovira a la cabeza, se las prometen muy felices ante este acto de provocación realizado por Madrid y hablan claramente de independencia mientras viven magníficamente bien cuando asisten a las sesiones del Congreso de Diputados español con todos los gastos pagados. La cosa es contagiosa: en el antiguo Reino de Valencia su Presidente está dispuesto a trasladar todos los artículos declarados válidos por el alto Tribunal a su propio Estatuto y todo eso en medio de una crisis económica sin precedentes, que arruina a los ciudadanos y llena el cielo de peligrosos nubarrones ya que nadie sabe qué nos deparará el futuro. La España en descomposición, con un 20 por 100 de parados, esparce la duda en los mercados financieros y no es extraño: sin trabajo no hay producción y si no la hay no se pueden pagar las deudas, ni mucho menos solicitar más.
Cataluña es un oasis, pero un oasis de corrupción. Si no fuera porque en ella viven muchas personas que les importa un comino el Estatuto y que sufren a regañadientes por las imposiciones de su Gobierno yo estaría completamente de acuerdo con las posturas soberanistas: Que sean independientes, pero en todo. Que lo sean, pero que me devuelvan a mí y al resto de españoles la parte de impuestos que ha ido a parar a las ansiosas arcas del Palacio de San Jaime. Es decir: si quieren la independencia, que la paguen.
El verbo "pagar" expresado públicamente y a propósito de este tema origina entre los presentess un silencio prácticamente de muerte. Lo he experimentado personalmente cuando tuve el sentimiento de acudir a una cena llena de catalanes soberanistas en la que hube de escuchar las sandeces acostumbradas hasta que me harté y pronuncié la frase mágica: "Estoy de acuerdo con todos vosotros; si queréis ser independientes pues lo sois y ya está. Per aixó. Ahora bien, para ello tenéis que pagar". Nadie respondió i tant a mi propuesta: todos se callaron y a partir de este punto los reunidos se moderaron mucho.
Nadie puede acusar a quien estas líneas escribe de ser anti catalanista. Hablo su idioma, lo escribo y tengo muchos amigos en Barcelona, que hasta me invitan a sus domicilios privados cuando visito esa bella ciudad. He tenido dos novias catalanas: la primera me dejó por un apuesto y rubio norteamericano y a la segunda la dejé yo a ella cuando la hallé en la cama con un payés de San Vicente de Calders. Desde los ocho años de edad hasta muy recientemente me he pasado la mayor parte del verano en Cataluña y conozco bien el sentir común de la mayoría de sus ciudadanos: Aman su idioma y hacen bien; aman todas su tradiciones y yo les aplaudo; tienen conciencia de su identidad y yo no veo nada malo en ello. No obstante, también son españoles aunque primero sean catalanes. Pues bien; los españoles votaron favorablemente por una Constitución y ahora hay que respetarla. Hay que respetar, asimismo, las sentencias de los tribunales, porque aquel que no quiere vivir libre con la ley debe ser castigado por la Ley. Ya lo decía Cicerón en De Légibus: Legus servus sumus, ut libere esse possimus. Es decir: somos esclavos de la Ley para que podamos ser libres.
El señor Montilla, evidentemente, ni ha leído a Cicerón ni creo que sepa latín. Su convocatoria a una manifestación para protestar por la decisión del Tribunal Constitucional demuestra, además, que únicamente es demócrata de boquilla y en cuanto a Josep Lluis Carot Rovira ¿que voy a decir yo que no lo haya dicho ya Ortega? Me recuerda mucho a esos caballeros de la más radical izquierda que mientras predican que los ricos deben compartir lo que tienen con los pobres cuando les llega a ellos el turno de hacerlo se niegan escandalizados diciendo: "Somos de izquierdas, pero no tontos"
Siendo niño le pregunté a mi abuelo, que había padecido en sus carnes la dictadura comunista en Hungría, si era justo o no lo era que unos pocos tuvieran mucho y unos muchos nada. Me respondió inmediatamente que no y entonces surgió una nueva pregunta: "¿Por qué entonces no se obliga a los ricos a que compartan parte de lo que tienen con los pobres?" El anciano me sonrió y mirándome cariñosamente sentenció: Porque eso es bueno cuando se reparte lo de los demás, pero muy malo cuando se tiene que repartir lo de uno".
El victimismo del que hacen gala muchos políticos catalanes ante la sentencia del Constitucional, aparte de ser una pura comedia, está llegando a hartar a muchos catalanes ya que lo que ellos desean es vivir tranquilos hablando catalán o castellano, según tengan a bien, y que no les eleven los impuestos para que luego la clase política los dilapide alegremente. El ciudadano medio catalán ama más la vida que la política, con lo que demuestra ser inteligente y le traen al pairo muchas de las preocupaciones de su clase política. Como me decía a mí un chico catalán en Sitges: No és veritat que a nosaltres no ens agradi Madrid. És una ciutat molt acollidora, capital d`Espanya i quam anem allá ens divertim molt. La gent és encantadora".
Es una pena que un pueblo tan auténticamente democrático tenga unos gobernantes que no lo son. Me pregunto si existirán realmente políticos que crean realmente en la democracia y mi respuesta es negativa, pues ellos creen en la Democracia lo mismo que muchos católicos creen en Cristo: Usan su nombre, pero no aplican ni una sola de sus enseñanzas a sus personas viendo la paja en ojo ajeno sin reparar en la enorme viga que tapona el propio.
JUAN