En mi delirio de Amor yo tuve un sueño y vi alegres ciudades libres de ruido y de automóviles en las que hombres y mujeres aparecían siempre sonrientes, tranquilos y amables. Escuché la risa de los niños, que jugaban en los parques y también las nostálgicas conversaciones de los ancianos, que tomaban el sol sentados entre las flores. Perdiose mi vista en un cielo perfectamente azul en el que brillaba un Sol inmaculado y se llenaron mis pulmones de aire puro, porque la contaminación era ya cosa del pasado. Tras siglos de barbarie la Humanidad había descubierto el inmenso poder del Amor Verdadero y como todas las personas se amaban había desaparecido la miseria, el hambre, la ignorancia, la soledad y el abandono. Las grandes fortunas hacia tiempo que habían desaparecido y como nadie robaba, especulaba, engañaba, despilfarraba, mentía o se dejaba llevar por la ira todos vivían mucho mejor sin tener que renunciar por eso a nada de lo que ciertamente necesitaban.
El cambio de bienes era voluntario y libre, de modo que nadie pedía por lo que entregaba más de lo que le había costado obtenerlo y no era necesaria una Ley que obligara a los ciudadanos a sostener el coste de los servicios que les eran comunes ya que espontáneamente contribuían a cubrirlos, cada uno según sus posibilidades. En aquella sociedad regida por el Verdadero Amor la Ley sobraba y en la práctica casi no existía. Cada ciudadano se sentía obligado a cuidar y atender a los ancianos, ya fueran de la familia o no y éstos jamás eran abandonados ni internados en residencias salvo casos de extrema necesidad. No había ejércitos, ni armas, ni Policía, ni tribunales, ni bancos. Si alguien disponía de más bienes que aquellos que podía necesitar los entregaba para que se repartieran entre los que no habían tenido idéntica fortuna, que no eran como ahora siempre los mismos.
No había miedo y por lo tanto tampoco había religión, pero muchos ciudadanos adoraban en silencio y sin aspavientos a un Dios Sin Normas que moraba en el interior de su propio corazón. Nadie se negaba a sí mismo renegando de su amor, sino que al ser plenamente conscientes de que formaba parte de su propia naturaleza obedecían sus consejos sin ponerlos jamás en duda. La Humanidad había descubierto que la felicidad individual no puede ser plena si ha de convivir con la desgracia de un semejante y por eso todos trabajaban por evitarla o se esforzaban en paliarla cuando llegaba. En este perfecto equilibrio entre corazón y razón el ser humano había hallado por fin la clave de la verdadera felicidad y así nadie sufría solo, ni lloraba solo, ni caminaba por el sendero de la vida solo porque todos le acompañaban.
Los adelantos de la medicina garantizaban una vida larga y estaban a disposición de todos los ciudadanos y la eutanasia había dejado de ser necesaria, porque aún en los casos más extremos aquellos que padecían enfermedades que originaban serias dependencias eran cuidados y atendidos por voluntarios, que se ofrecían a millares sabiendo que al entregar su vida al servicio de los demás garantizaban eternamente la suya. No había niños ni madres abandonadas a su suerte y como la violencia ya no existía no era necesario el aborto que, aún estando legalizado, nadie lo practicaba desde mucho tiempo atrás. La única ley que regía era la del corazón y así cada mujer podía hacer en ese sentido lo que su corazón le dictaba, pero como de sobra sabía que ningún ser humano era abandonado cruelmente a su suerte nunca renunciaba a ser madre.
La Naturaleza, esplendorosa y bella, hacía que fructificaran las cosechas, poblaba los mares y los plateados ríos de toda suerte de peces, llenaba los verdes campos de ganado y se mantenía fiel al nuevo calendario de estaciones, que había variado cuando lo había hecho el eje del planeta tierra en los terribles y jamás olvidados días de la ira. No había ya terremotos, ni ciclones, ni terribles y devastadoras lluvias que arrasaban las ciudades. Los continentes eran más pequeños y en ellos no existían ya naciones, aunque cada uno sintiera amor por la tierra en la que había nacido. También habían desaparecido practicamente las grandes ciudades: ahora había muchas más que antes y se extendían por el planeta sin por ello dañar sus selvas, bosques, montañas, ríos y lagos.
La institución del matrimonio había sido abolida, no solo porque no era en absoluto necesaria, sino porque así cada cual hacía lo que verdaderamente quería y así si realmente amaba a alguien hasta el punto de desear estar con aquella persona siempre, así lo hacía y como todos reconocían que era propio de los humanos errar si en algunos casos uno se equivocaba la unión desaparecía automáticamente, porque cuando reina en el corazón el Amor Verdadero la hipocresía, el engaño y hasta el derecho se exilian.
Por desgracia todo esto es un sueño...un sueño azul, pero sueño y como de los sueños siempre se despierta también desperté yo. Entonces una voz conocida llegó hasta mí y al volverme noté que Johnny-boy estaba a la cabecera de mi lecho y que entre risas me decía:
- ¿Soñador o Profeta, Juan?
JUAN