miércoles, 11 de febrero de 2009

Corrupción y naturaleza humana

Una de las consecuencias más nefastas del relativismo ético es la corrupción, que ocasiona escándalo y alarma social cuando quienes se corrompen son otros, pero que no tiene la menor importancia cuando el corrupto es uno mismo. Lo de ver la paja en el ojo ajeno sin reparar en la viga que hay en el propio exige, cuando menos, saber diferenciar entre paja y viga; saber que las dos cosas son intrínsecamente malas y reconocer que escandalizarse cuando lo que hacen otros es malo y quedarse tan campante cuando lo hacemos nosotros es una tácita declaración de refinada hipocresía. Es decir: la famosa frase evangélica presupone cuando menos que existe un rastro de ética en aquel que la escucha pero cuando de dicha ética no existe ni un átomo es completamente inútil, porque en ese caso aquel que la escucha creerá que no está dirigida hacia él, sino hacia a los demás. ¿Por qué'? Pues es muy sencillo: Porque quien hacen las cosas mal son los demás. Uno jamás. Uno, al fin y al cabo, es al igual que Mary Poppins "prácticamente perfecto en todo".
Razones para ser corrupto hay muchas, en efecto. Cierto conocido mío al que se le encargó la venta de un conjunto de sociedades nacionalizadas, rebajaba el precio de venta de cada una de ellas y obtenía de este modo sabrosas ganancias de los compradores. La operación rozaba la legalidad, ya que él en realidad no obligaba a que se le entregara ninguna compensación por vender algo a un precio inferior a lo que el posible comprador entendía que valía actuando así bajo el soberano principio del "nadie le obliga, hermano". No obstante, el día en que se enteró de que había otros que actuaban del mismo modo montó en cólera estando yo presente. Buscaba mi complicidad en su condena de la corrupción ajena y solamente obtuvo mi condena de su propia corrupción:
- Hay algunos a los que se le nota la zarpa cuando arañan algo y hay otros que se arreglan para que no se les note - dije tranquilamente mirándole muy fijamente a los ojos.
Él se puso colorado y tras dar un largo trago a su copa de excelente licor declaró:
- Una cosa es robar y otra diferente practicar la oculta compensación.
Lo mismo me ocurrió con otro personaje cuando intentaba justificar su adulterio pretextando que su mujer era una sosa en la cama y que siempre ponía excusas para no realizar el acto conyugal:
- Es que yo lo necesito mucho, Juan. Compréndelo. Cuando las cosas se hacen por necesidad no hay responsabilidad en aquel que las hace. Purita me da todo lo que necesito y en cambio mi mujer me lo niega ¿No te parece que mi comportamiento está entonces plenamente justificado?
- Amigo mío - le respondí sonriendo -. Estaría justificado si te hubieras separado de tu mujer, renunciando a ese paripé de matrimonio que tienes, mas tú deseas tener al mismo tiempo una madre para tus hijos, una criada para ti y una amante. Déjme decirte que tienes un morro que te lo pisas, hombre.
Los casos anteriores son claros ejemplos de corrupción a nivel individual, no por la naturaleza de los actos que se han cometido, sino sobre todo porque quienes los realizan creen que no tienen ninguna responsabilidad en los males que producen en otros cuando en realidad son los desencadenantes de terribles situaciones en otras personas, ya estén próximas o sean por completo unas desconocidas.
Ahora bien; la corrupción individual propicia otro tipo de corrupción llamada "política", consistente sobre todo en hacer un mal uso del poder que uno tiene para conseguir ventajas privadas, ilegítimas y a menudo secretas. Los ejemplos más significativos de este tipo de corrupción son el denominado tráfico de influencias, el caciquismo, la malversación de fondos públicos, la trata de blancas, el tráfico de drogas, el soborno y la utilización de la Ley en provecho propio aplicándola de modo que beneficie a uno aunque el beneficio obtenido no sea justo o cambiándola para adecuarla a los intereses particulares de una persona, conjunto de personas, partido político, etc.
En Europa occidental el país con menos corrupción política es Finlandia, donde practicamente no existe y el último la católica y clerical Polonia. España se sitúa en el puesto número 15, con una calificación que casi llega al notable pero que no es nada en comparación con la obtenida por la propia Finlandia, Canadá o los Estados Unidos, entre otros. Cuanto más tolerancia existe frente a la corrupción, menos madurez política tiene un pueblo, así que después de todo podría deducirse de los datos anteriores que nuestro país no es tan inmaduro como quien estas líneas escribe lo ha presentado en más de una ocasión.
Debiera, por tanto, rectificar pero no voy a hacerlo al menos mientras esté convencido de que el fenómeno de la corrupción política es completamente ajeno a las estadísticas y en cambio tiene mucho que ver con nuestra propia naturaleza de personas humanas. No se puede comparar un finlandés con un español, ni un polaco con un ciudadano norteamericano, porque su escala de valores morales es muy diferente y así seguramente dónde un finlandés ve corrupción un español verá un simple fenómeno de "oculta compensación", que además presenta diferente importancia según el partido político o el personaje que lo realice. Debido a un extraño complejo que algún día me tomaré el trabajo de analizar, el español medio asocia la corrupción a los partidos de derecha y exime de ella a los de izquierda y su tolerancia varía en este sentido desde 0 hasta infinito. Hace falta ser memo - y pido perdón por esta expresión tan fuerte - para no darse cuenta de que un acto de corrupción tiene la misma gravedad tanto si lo comete un político de la llamada derecha - la cual, en realidad, no existe en España - que si lo realiza un político de izquierdas - que tampoco existe en nuestro país, aunque nadie se lo crea-. En España, en cambio, lo que existe es el generalizado deseo de enriquecerse utilizando todos los medios posibles para conseguirlo y por eso la corrupción política se da en todas partes. Como, además, todos nos hemos adherido a esa curiosa doctrina del relativismo moral viene a resultar, encima, que mientras ningún político reconoce su propia corrupción cuando existe, si por ventura la descubre en otro político de la oposición se echa encima de él con grandes alaridos y haciendo gala por todas partes de su honestidad. Da igual quien esté en el Gobierno y quien esté en la oposición: Todo es relativo y la corrupción es aún más relativa que otras cosas.
Debido a estas y a otras reflexiones los casos de corrupción política no influyen para nada en mi voto. No es un problema político, sino humano. En consecuencia, y a menos que se presenten a las elecciones personas que me conste que son corruptas seguiré emitiendo mi voto en función de mis intereses individuales, porque únicamente en este caso puedo y debo ser egoísta. Un servidor vota con la razón y no con el corazón, así que las ideologías políticas que tengan las personas que se presentan a cargos públicos me trae completamente al pairo. A mí me interesa que sean honradas, que demuestren estar dispuestos a trabajar en favor de los más desfavorecidos y que no tengan apego al cargo.
Vamos que ni por Rajoy ni por Zapatero, pero esto ya lo dije cuando estaban a punto de celebrarse las elecciones generales y a lo que está escrito en este mismo blog me remito. Lástima que nadie me haya hecho caso ¿verdad?
JUAN
 
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