Roma y Atenas suelen ser las ciudades a las que más nos referimos cuando tratamos de explicar la brillante civilización de la Grecia clásica o la admirable invención de una república en la cual era el Senado quien tomaba todas las decisiones y aprobaba leyes tan bien elaboradas que muchas de ellas han llegado casi intactas hasta nosotros. No obstante, y sin perjuicio de reconocer el esplendor y la magnificencia de esas dos ciudades, hoy quiero dedicar mis modestas líneas a recordar la ciudad que un día fundó el gran Alejandro y a la que su prematura muerte en Babilonia, a los 32 años de edad, impidió ver completamente terminada.
Trescientos años antes del nacimiento de Cristo el Egipto era ya una tierra antigua. Sus grandes faraones hacía mucho tiempo que se habían hundido en el polvo de la Historia y sus templos, henchidos ya de las arenas del desierto, habían sido casi completamente olvidados. Fue entonces cuando Alejandro bajó desde Tiro y conquistó aquellas tierras en las que sus sacerdotes le saludarían como hijo del propio Zeus, padre de todos los dioses inmortales, y cuando ordenó construir la ciudad que aún hoy lleva su nombre: Alejandría. Tras la muerte de un hombre que, aún siendo adorado como un dios jamás quiso dejar de ser hombre, Egipto correspondió a su amigo de la infancia Ptolomeo, que inmediatamente se hizo proclamar Faraón para que sus nuevos súbditos vieran en él al mismísimo hijo del dios Ra: el divino Sol a quien los lectores de este blog también conocen como el Padre de la Luz y de la Vida. Después asaltó el cortejo que conducía los restos mortales de su gran amigo macedonio y la desvío a Alejandría erigiéndole allí un suntuoso mausoleo, que aún existía en los tiempos de Julo Cesar, trescientos años despues.
Ptolomeo I convirtió a Alejandría en el más importante centro comercial del mundo, pues fue él quien dio órdenes para agrandar y perfeccionar el inmenso puerto natural de la ciudad atrayendo así hasta él las inmensas riquezas de Egipto y tambien a los mercaderes de todo el mundo, que bien a través del Mediterráneo o del Nilo llegaban sin cesar a la opulenta ciudad. Fue, asimismo, él quien mandó construir el famoso Faro, una de las siete maravillas del mundo antiguo, y que se erguía majestuoso sobre la isla del mismo nombre. Tenia 120 metros de altura y estaba formado por tres estructuras: la primera cuadrangular, la segunda octogonal y la tercera cilíndrica. El espejo que reflejaba la llama dicen que era perfecto, una maravilla de la tecnologóa antigua, y era tan intenso el resplandor que despedia el faro que podia percibirse desde el mar tres dias antes de que los navíos avistaran tierra.
Una corriente de riquezas ininterrumpida y variada arribaba diariamente a la ciudad, cuyos habitantes se enriquecieron rápidamente aunque, como es natural, el que más se enriquecio fue el propio Ptolomeo, que mandó construir la Gran Biblioteca, otra naravilla del mundo antiguo que llego a albergar más de un millón de libros. Únicamente el catálogo llenaba cuatro volúmenes de grandes proporciones y era tan notable su influencia que los habitantes de la ciudad tenían fama de ser los más cultos del mundo. Desgraciadamente, cuando tres siglos después Julio César mandó incendiar las naves del puerto para evitar que cayeran en manos de los partidarios de Ptolomeo XIII parte de los tizones encendidos cayeron sobre el edificio de la biblioteca, que se incendió. La mitad de las obras que contenía fueron pasto de las llamas perdiendose para siempre obras de Esquilo, Aristóteles, Sófocles y Eurípides, entre otras.
La llamada dinastía ptolemaica gobernó en Egipto durante tres siglos y a lo largo de ellos Alejandría creció de un modo extraordinario. Sin embargo la llegada continua de riquezas acabó corrompiendo a sus ciudadanos, que se dieron a todo tipo de placeres y muy en particular a los del sexo, algo en que los egipcios siempre habían destacado no solo por su inmensa variedad, sino también por su extrema depravación. Los muros del sintuoso palacio en el que vivian los sucesores del antiguo general de Alejandro dejaron pasar con suma facilidad todos estos placeres y al cabo la dinastía se afeminó, corrompió y envileció. No obstante, Alejandria siguió creciendo hasta contar con tanta población como la de Roma, una cosa intolerable a los ojos de la nueva potencia que surgía esplendorosa en el Lacio italiano: el Imperio romano. En consecuencia se inició una desleal y terrible competencia entre Alejandría y Roma, que al cabo terminó con la preponderancia de la ciudad del Nilo y como además en ella estallaron guerras civiles entre los diversos aspirantes al trono Roma se aprovechó de lo lindo de ellas consiguiendo convertir a los afeminados reyes de Egipto en grandes deudores suyos.
Al padre de la famosa Cleopatra VIII, última reina de Egipto, se le conoce con el sobre nombre de "el flautista", no porque tocara la flauta, sino porque adoraba la música. Destronado por una revolución huyó a Roma y a base de sobornos consiguió convencer al Senado romano para que le ayudara a recuperar el trono y se le entregaron así tres legiones con las cuales volvió a Alejandría. Reinaba en ella una mujer: Berenice, pero enseguida fue asesinada por los partidarios del rey músico , que de esta forma recuperó un trono completamente hipotecado a los romanos. Tuvo suerte, no obstante, porque antes de que éstos pudieran reclamarle sus numerosas deudas, Ptolomeo XII falleció dejando heredera a su hija Cleopatra, la cual siguiendo la costumbre egipcia de los matrimonios incestuosos se casó con su hermano Ptolomeo XIII, a la sazón de diez años de edad y chico bastante afeminado que estaba dominado por un eunuco gordo, untuoso, vil y traidor llamado Potino.
Vino a resultar que Ptolomeo XIII no tenía la menor intención de ser un soberano puramente nominal, de modo que al mando de un ejército hizo que se esposa tuviera que abandonar Egipto refugiándose en Siria y despues, por consejo de su ministro y eunuco principal, mandó matar a Pompeyo, que huyendo de César había buscado refugio en Egipto.
Así estaban las cosas cuando el gran Julio Cesar, conquistador de las Galias y vencedor de Pompeyo, arribó al puerto de Alejandría dispuesto a ajustar cuentas con la degenerada dinastía. Potino, que poseía toda la perversidad propia de los eunucos, lo había dispuesto todo para que el romano tuviera que atravesar la plaza del mercado, llena hasta rebosar de mercaderes y que se extendía frente al palacio real. Había asegurado a su rey que únicamente si Cesar empleaba la fuerza contra el pueblo egipicio podría llegar a palacio, pero si tal cosa hacía sería odiado por todo el pueblo. Por otra parte, y si no la empleaba, sería imposible que pudiera llegar hasta el soberano que le esperaba expuesto al calor del sol a las puertas del palacio tal y como establecía la etiqueta. No obstante, Potino se equivocó de medio a medio porque el astuto romano ordenó a sus hombres que avanzaran hacia el palacio mientras compraban cosas. También se equivocó, y fue esta una equivocación mortal, cuando ofreció a César la cabeza de Pompeyo creyendo que el presente le agradaría, porque al verla el gran conquistador lloró: Como todos los hombres realmente grandes no era vengativo.
Después ocurrió el famoso episodio de la alfombra, la huida de Ptolomeo, la derrota de su ejército, las muertes de Potino primero y de Ptolomeo despues, éste último en batalla. Al final Cleopatra fue proclamada por César como "única e indiscutible reina del Alto y del bajo Egipto, hija de Isis y de Amon-Ra; descendiente del junco y de la abeja" .
Al revés de lo que dice la leyenda, Cleopatra no era lo que se dice un dechado de belleza. Fruto tardío de una dinastía de incestuosos y degenerados arrastraba en lo fisico las lacras de generaciones enteras de soberanos viciosos, pero tampoco era fea. Sin embargo poseía dos cualidades muy importantes: el don de una conversación agradable, brillante y culta y el de la seducción a través de la dulzura que se derivaba de su condición de mujer auténticamente liberada de todos los prejuicios de la época en contra de su sexo. Extremadamente culta, hablaba nueve idiomas correctamente, elegía a los varones con los que compartía su cama y era extarordinariamente osada aunque también valiente. La noche en que Julio César la conoció, tras desatar la famosa alfombra, ya durmió con ella y aunque la Historia no nos dice una palabra de lo que ocurrió en el lecho, maldita falta que hace que lo diga. Es de suponer que entonces la soberana pusiera en práctica el consejo que le dio una vieja prostituta mientras estaba en Siria: "Si quieres que un hombre conquistador no olvide jamás tu lecho, hazle ver que lo que ha conquistado en él únicamente es una parte de lo que aún puede conquistar" . En cualquier caso aquel episodio de cama fue el que convirtió a Cleoptra en Reina de Egipto, asi que mereció la pena el sacrificio. El Príncipe de Tallerand lo decia y tenía razón: "En muchos casos el destino de una nación depende en exclusiva de la mujer con la que hemos pasado la noche anterior al día en que debe decidirse".
Cleopatra también conquistó al apuesto Marco Antonio pero no al escuálido y rubio Octavio, que al final la venció y procuró engañarla para que fuera con él a Roma pero aunque Cleopatra pareció acceder tenía otros planes: Un áspid egipcio mordió su pecho falleciendo en menos de un minuto. Octavio, que llegó tan solo unos minutos despues, se mostró la mar de contrariado porque se había hecho la ilusión de que la última reina de Egipto entrara en Roma atada a su carro triunfal y pregunto a una de sus moribundas esclavas si le parecía una acción noble la que había hecho su ama
- Muy noble, en verdad - le respondío la esclava-. Tal y como corresponde a la última soberana de un glorioso linaje.
Convertido en provincia romana, el Egipto jamás recuperó su antiguo esplendor y Alejandría comenzó a decaer rápidamente. Saquedada repetidas veces se libró de una sangrienta matanza cuando Diocleciano la conqusitó, porque habíendo jurado por Júpiter que no pararía de derramar sangre hasta que llegara a la cabeza de su caballo, hete aquí que el caballo se rompio una pata y cayó al suelo. Él fue quien ordenó eregir en el Serapeium la enorme estatua de Serapis y quien ordenó construir alli una columna conmemorativa que recordaba las persecuciones a las que por entonces sometía a unos hombres que adoraban la cruz en la que había fallecido un falso profeta judío y traidor...
Después las arenas del desierto y las azules aguas del mar Meditérraneo invadieron la antigua ciudad sepultando sus palacios, monumentos y tumbas. La costa norte de Egipto es, geológicamente hablando, una tierra a la que el mar va sepultando año tras año, así es que resulta bastante probable que hoy el soberbio palacio de Cleopatra, la tumba del gran Alejandro, y buena parte de los monumentos y edificios de la ciudad antigua se hallen en el fondo del mar
Én cuanto al Faro fue destruido por uno de los muchos terremotos que periódicamente sacuden a la ciudad y por lo que respecta a la Gran Biblioteca nadie sabe a ciencia cierta lo que pasó con ella. Evidentemente fue saqueada y al cabo destruida pero ¿por quien?Todos son suposiciones más o menos fundadas, aunque parece probado que algunos de sus ejemplares fueron llevados a Constantinopla.
Hoy Alejandría es una populosa ciudad, pero nada tiene que ver con la Alejandría clásica. Ésta ha llegado hasta nosotros envuelta en los jirones de la Historia y entre las sombras del misterio. Lo único que podemos hacer para recordarla es dejarnos llevar en alas de la dulce Poesía hasta un momento del tiempo ido para nunca volver a nosotros.
JUAN