Torrentes de amargas lágrimas surgían de tus ojos y mojaban mi camisa blanca. Te había abrazado con fuerza y por eso notaba tu cuerpo temblar, como tiembla la hoja cuando es sacudida por el viento de Otoño.
- No llores - le dije, comprendiendo lo inútil que sería en aquellos momentos cualquier pretendida palabra de consuelo.
Pero entonces tú me hiciste la gran pregunta:
- Juan - me dijiste entre sollozos que herían mi pobre corazón - ¿Dónde está ese Dios ante el que te inclinas? ¿Dónde está ahora ese Amor Verdadero, que consuela con su Amor a los que aman?
- En ti mismo - te respondí-. Entre el dolor y el sufrimiento que hoy nubla tu mente. Entre tu perplejidad ante el terrible golpe que has recibido. Entre tu frustración por no hallar causa alguna que pueda justificar lo que consideras una separación antinatural y sobre todo, hijo mío, en ese reconocimiento tácito que te hace decir: "Nada somos, nada valemos y nada tenemos, porque hasta los escasos días que vivimos sobre la tierra son prestados". Hoy te has dado cuenta de que únicamente tu Amor vale y que en comparación con él ninguna otra cosa tiene valor. Te digo, en verdad, que si no hallas a Dios entre estas cosas que te he dicho no te empeñes en hallarlo en parte alguna.
¿Qué sería de nosotros si jamás se nos diera la oportunidad de hallar a Dios? Seguramente nos ocurriría lo que a aquel hombre que por haber ofendido al divino Sol gravemente fue condenado por éste a que cuando naciera su primer hijo debería vivir en absoluta y total oscuridad todos los días de su vida. Vino así a resultar que el muchacho, aún no estando ciego, nació y vivió en medio de las tinieblas. Como todos le decían que el Sol ciertamente existía, él comenzó a buscarlo pero jamás podía descubrirlo. Eran inútiles las descripciones, los razonamientos y reflexiones que otros le hacían y a veces resultaban hasta contra producentes, porque en más de una ocasión el muchacho creyó que se burlaban de él ya que desconociendo la maldición a la que había sido condenado creía de buena fe que los demás también vivían en la oscuridad.
- Si el Sol existe, ha de existir para todos - razonaba -. Si no existe para mí, entonces es que tampoco existe para nadie.
Llegó un momento en que toda explicación, descripción, aclaración, razonamiento o reflexión tendente a demostrar que el Sol efectivamente existía comenzó a parecerle una auténtica tomadura de pelo, pero antes de que perdiera definitivamente la esperanza de hallarlo en el otro lado del espejo ocurrió algo que hizo que su situación cambiara.
-¿Cómo es, querido y divino Padre, que has hecho a un inocente responsable de las culpas de su padre condenándolo a no ver tu divina luz en toda su vida? - preguntó Johnny-boy, tras haberse enterado casualmente de lo que ocurría por una indiscreción de las briznas.
- A quien nos ofendió gravemente le hemos castigado en la persona que más ama, que es su hijo - respondió lacónicamente el Padre de toda Luz.
- Entonces, querido Padre, me habéis castigado a mí porque yo soy el Amor. Dime pues si yo también os he ofendido.
El Sol comprendió entonces que no había sido enteramente justo, pero como naturalmente no podía volverse atrás así se lo comunicó al divino adolescente. Johnny-boy, entonces, dijo:
- ¿Le habéis condenado también a que no vea la luz de la luna ni de las estrellas?
- No tal - respondió su Padre, con su laconismo acostumbrado.
- Pues entonces yo haré que vea esas luces para que comprenda que, aunque de momento no pueda descubriros, Vos, ¡Oh padre mío¡ existís y con tal esperanza su vida ya no será enteramente oscura.
Perdidos en un mundo ahíto de placeres y lleno de personas egoístas todos nosotros somos parecidos al muchacho del cuento, pero cuando estamos a punto de perder la esperanza un resquicio de Luz entra en nuestro corazón y la reaviva. No es culpa de la Luz, en verdad, que hayamos blindado nuestro corazón; por eso tiene que aprovechar las ocasiones en que la terrible envoltura se rompe para llegar a él. Si en lugar de rechazar esa luz uno la acepta, se pregunta la causa y siente que aún en medio del sufrimiento brilla la Esperanza entonces uno ha hallado a Dios.
JUAN