sábado 28 de noviembre de 2009

El viejo reloj vienés

¡Dios mío, qué será mi vida¡ Sobre la repisa de la chimenea se halla un viejo reloj, cuyo suave tintineo me hace pensar en el tiempo. No; no puedo detenerlo ni tampoco puedo hacer que esas manecillas retrocedan para deshacer mis errores, ni puedo recuperar a las personas que se han ido por mucho que me empeñe. Apenas quedan ya las que realmente me aman, pero sé que me observan desde el otro lado de los espejos que adornan las estancias de este viejo palacio y esta noche el Padre Invierno parece que se aproxima a mi lecho para soplarme al oído historias del pasado, ese pasado encerrado en el enorme cementerio de Viena donde reposan, entre otros, Beethoven, Brahms, Strauss y aquellos aristócratas que antaño eran los dueños de la imperial ciudad y que en los magníficos bailes de sus salones se divertían, amaban, bebían y hablaban como si el rutilante mundo al que pertenecían fuera a durar siempre. No obstante, el tiempo se tragó toda aquella magnificencia y hoy ¿que queda de ellos sino el recuerdo encerrado entre las páginas de la Historia?
¡Deténte, viejo reloj, que quiero parar el tiempo aunque únicamente sea durante algunos minutos¡ porque hoy yo estoy aquí, en esta habitación lo mismo que estuvieron otros en el pasado y en este lecho reposaron, como yo hago ahora. ¿Se fijarían en ti, del mismo modo que yo lo hago, viejo reloj? ¿Te pedirían acaso que detuvieras tus manecillas o que retrocedieras? Es posible, pero al revés que yo resulta poco probable que lo reconocieran en público pues las grandes emociones que sacuden nuestra alma inmortal raras veces trascienden de uno mismo.
Toda nuestra vida es tiempo y así viene a resultar que cuando se la dedicamos a los demás les hacemos el regalo más importante de todos los que pueden recibir porque se puede crear el dinero pero el tiempo, no. Ahora, pues, me doy cuenta de que a pesar de mis grandes defectos y de mis muchas imperfecciones haber vivido para los demás; haberlos amado con toda la fuerza que me permite mi corazón y haber puesto a su disposición cuanto soy y tengo - que es muy poca cosa, en verdad - ha resultado la inversión más rentable, porque el tiempo únicamente puede cambiarse por Amor y eso es justamente lo que he hecho. Así pues, de nada me serviría que el tiempo retrocediera. Eso no impediría, seguramente, que dejara de cometer los errores que he cometido puesto que de humanos es errar y yo soy humano hasta la médula de los huesos.
No me doy cuenta de lo que realmente vale amar hasta que me enfrento conmigo mismo, como estoy haciendo esta noche ante ese viejo reloj vienés, que reposa sobre la repisa de la chimenea. En el mundo acelerado y decadente en el que vivo hay veces que me pregunto si merece la pena saber renunciar a uno mismo en provecho de los demás y a veces, observando los rostros de aquellas personas que conocen mi sacrificio, me siento desorientado ya que en sus ojos leo lo que realmente piensan: que estoy loco o que a pesar de mi edad aún soy un chiquillo inmaduro y romántico, que cree en las hadas. Sin embargo, ¿cómo no voy a creer en ellas si las he visto y a veces me visitan para darme consejos? En el Reino no hay relojes, porque Johnny-boy derrotó al Tiempo cuando, habiendo olvidado su guadaña, le preguntó por ella y entonces el Tiempo le respondió que no la necesitaba porque en el Reino no era necesaria. De este modo, y según sus propias palabras, el Tiempo quedó expulsado del Reino y tuvo que atravesar el Espejo para venir a morar entre nosotros, pobres mortales a los que mide nuestra vida encerrado en miles de relojes, como ese que reposa sobre la chimenea...
No te tengo miedo. Puedes envejecer mi cuerpo y alterar mi rostro llenándolo de arrugas; puedes agobiarme y perseguirme de la mañana a la noche produciendo en mí cansancio, nervios, agotamiento y dolor de cabeza. Puedes susurrarme al oído terribles historias de personas que, al igual que hago yo esta noche, se enfrentaron contigo para pedirte que te detuvieras o que retrocedieras pero nada puedes contra mi alma inmortal. Muy al contrario de lo que ocurre con este pobre cuerpo mío , cada día que pasa, cada minuto y cada segundo mi alma es más joven, más bella, mas plena y más completa porque en ella brilla, inextinguible y gloriosa, la luz azul del Amor Verdadero, que te derrotará siempre.
Sigue, pues, midiendo la vida de los mortales, viejo reloj. No te detengas ni retrocedas y cuando para mí suene el último de todos tus chasquidos sabré que, al fin, he ganado la verdadera Vida en la que ya no se sufre, ni se sienten necesidades...ni hay relojes.
JUAN

miércoles 25 de noviembre de 2009

El baile del diablo

Al igual que me ocurre otros años acabo de recibir una invitación para asistir a un baile de gala en la ciudad imperial de Viena, que durante todo el período del Adviento se convertirá en la capital más musical y navideña del mundo. Tengo que decir que yo adoro literalmente a esta hermosa ciudad, corazón de una Europa desaparecida para siempre y cabeza visible de una intelectualidad seria, respetuosa, honorable y al mismo tiempo alegre. El estereotipo de que un intelectual tiene que ser aburrido, feo, tristón y un poco amargado queda completamente destruido cuando uno sostiene una conversación en uno de sus muchos cafés, porque el vienés es gran conversador, muy educado y de un civismo tan notable que hasta los guardias urbanos son de cartón y lo bueno del caso es que nadie escribe sobre ellos absolutamente nada.

La antigua y brillante capital del imperio austro-húngaro es hoy, sin los Habsburgo, como era cuando ellos reinaban. Su lema de que "Austria está llamada a gobernar todo el universo"me es mucho menos simpático que este otro, que no escribiré en latín para evitarme la molestia de traducirlo después al castellano:
"Hagan otros la guerra
Tu, ¡Oh Austria feliz¡
cásate;
porque lo que Marte da a otros
a ti te lo da Venus"
Hay muchas más personas de las que parece que sienten hacia los Habsburgo una gran devoción y por eso son miles y de todas las nacionalidades que cuando visitan la ciudad emprenden un corto peregrinaje para acudir a sus lugares de reposo, que son fundamentalmente tres: La catedral de San Esteban, en cuya cripta yacen las vísceras de los miembros de la antigua familia que gobernó en Austria durante seiscientos años; la iglesia de los Agustinos, donde reposan sus corazones, y la de los Capuchinos, en las que yace todo lo demás encerrado en estrechos ataudes, que parecen en algunos casos bañeras de cobre.

Disfrazada de capital de una República federal, Viena es ante todo la ciudad imperial por excelencia en la que existen más palacios por metro cuadrado que en ninguna otra capital europea y en la que pueden admirarse iglesias de todos los estilos arquitectónicos, desde el románico al barroco y aunque la típica comida austriaca es en sí misma bastante monótona, su pan, pastas, pasteles y café son deliciosos. También lo son sus salchichas y su cerveza, aunque la bebida preferida por el vienés auténtico es el café.
Mucha gente cree que el café es invención italiana, pero se equivoca: la cafetería más antigua del mundo se llamaba "La botella azul" y estaba en Viena, porque no hay que olvidar que la ciudad fue sitiada dos veces por los turcos. En el último de dichos sitios, tras la derrota de Kará Mustafa, al saquear el campamento turco se hallaron unos granos oscuros y misteriosos. Esos granos eran de café. También es un invento vienés, y no francés, el popular croissan que tiene forma de media luna, un símbolo que aún hoy figura en la bandera de Turquía.

Aseguro que no hay en toda Viena una sola persona que no sepa bailar el vals. No obstante, cuando se inventó ese baile hoy tan serio y que a la juventud actual parece repugnarle la Católica Iglesia Romana lo llamó el "baile del diablo" y así no era raro ver en los espléndidos bailes que se celebraban en el Hofburg o en el palacio de verano de Schönbrunn - réplica vienesa del de Versalles- a obispos o incluso cardenales haciendo gestos con las manos para que las parejas guardaran la debida distancia. Un buen día el bondadoso emperador Francisco José se hartó de tales intromisiones y prohibió a los clérigos que se metieran donde nadie los llamaba y que si sentían envidia hacia los que alegremente danzaban que se aguantaran.
Tres días no dan mucho de sí, así que en esta ocasión no visitaré el Prater ni tampoco el edificio llamado "de la Secesión", en honor de los numerosos artistas que un día rompieron con las normas del arte clásico. Prefiero pasear por el Ring en bicicleta - aunque parezca incréible en Viena hay nada menos que 800 kilómetros de carril-bici - o tomar uno de sus numerosos medios de transporte público para encerrarme en alguno de sus museos pero creo que mi visita más importante debe ser al Hofburg, el palacio de los palacios cargado de historia y por cuyas salas aún deambulan los fantasmas de la imperial familia que lo habitó. Para no ponerme de mal humor renunciaré a entrar en la parte más moderna de este enorme complejo de edificios, porque fue en ella desde la que el fascista más asqueroso de todos los tiempos se dirigió a una enfervorizada multitud para proclamar que Austria formaba ya parte del III Reich. No. Prefiero las tranquilas salas repletas de candelabros, muebles rococó, cuadros famosos y espejos tras los cuales me vigila la Historia. puesto que quien estas líneas escribe lleva el romanticismo en su sangre, en su mente la afición por la cultura y en su alma el dulce Amor Verdadero.
Hay que ir a la Ópera, naturalmente. Ir a Viena y no acudir a la Ópera sería igual que visitar Madrid y no ir al Palacio Real o al Museo del Prado. Viena es, ante todo, música, la armónica combinación de los sonidos con el tiempo y en la que, desde luego, si uno sabe tocar algún instrumento debe hacerlo allí y en presencia de un público exigente, que no tolerará ni un desliz y que seguira toda la interpretación con su partitura en la mano.
Sin embargo será en el gran baile donde se sentirá mi corazón trasladado a una época en la que los hombres y las mujeres aún creían en el honor y respetaban la tradición heredada de sus mayores. No tengo nada contra los tiempos modernos, pero creo en efecto que aquellos eran mejores. Stefán Zweig, en su famosa novela autobiográfica titulada "El mundo del ayer" dice que en la Viena anterior a la primera guerra mundial nadie sentía el menor temor por su futuro, porque el Gobierno imperial parecía inamovible. ¡Como cambian los tienpos¡ Entonces nadie concebía una Viena sin un emperador y hoy, en cambio, no se concibe a ningún emperador en ninguna capital europea. Bien; pues voy a hacerme la ilusión de que el tiempo ha retrocedido cien años y por eso me vestiré adecuadamente poniendo en la tarea un celo al que, desde luego, no estoy nada acostumbrado: Camisa inmaculadamente blanca, lazo negro, smoking ... es una lástima que la capa, el sombrero de copa y los guantes blancos hayan decaído tanto pero de todos modos llevaré esas prendas en la seguridad de que nadie va a considerarlas ridículas.
Con envidia contemplaré cómo baila la juventud vienesa deleitándome en sus perfectos pasos, en sus impecables revueltas, en la belleza de sus mujeres y en la varonil apostura de los hombres. Todo será perfecto, al menos durante las horas que dure la recepción y entre flores y espejos, candelabros y copas de champán quien estas líneas escribe se sentirá feliz. Espero que alguna señora o señorita acepte mi invitación para bailar el vals porque sería imperdonable y algo similar a un pecado mortal acudir a un baile vienés y no bailarlo debido a que a uno le dan calabazas. Estoy seguro, no obstante, de que tal cosa no ocurrirá: los vieneses, y sobre todo las vienesas, son las personas más educadas del mundo y jamás dan calabazas a un extranjero aunque sea muy feo.
Cuando a altas horas de la madrugada regrese a pie hasta el antiguo palacio en el que dormiré tres noches tararearé "el bello Danubio azul" y si algún ser que mora allende el cristal y el azogue se escandalizara de lo mal que lo hago que me perdone. Después, enterrado en las sombras de la amplia habitación y arropado en mi cama, pediré al divino Sueño que prolongue mi alegría, pero dado que el palacio es como he dicho muy antiguo no sería muy extraño que en mis sueños me rodearan los fantasmas de los que antaño habitaron la vetusta mansión.
No deseo terminar mi modesto comentario sin referirme a unas palabras que pronunció Johnny-boy hace ahora aproximadamente un año:
- No me extraña que te guste tanto Viena. Es una ciudad tan neurótica como tú mismo.
Quizas el divino adolescente se acordaba en esos momentos de Freud, que como todo el mundo sabe nació y estudió en Viena.
JUAN

sábado 21 de noviembre de 2009

Pobre miserable

Dime, ¡Oh miserable¡ de qué te valen tus muchas riquezas si jamás las compartes y explícame para que te sirve el tiempo que te fue concedido si lo dejas escurrir entre tus manos como se escurre la fina arena, creyendo que si gastas un solo segundo en ayudar al hermano que sufre, o a escuchar al amigo que se agobia con los problemas de la vida o visitando a tu madre o a tu padre, que están enfermos, te queda menos tiempo para ti; para tus preocupaciones y problemas; para tus desesperadas búsquedas de dinero y, en definitiva, para todo aquello que tarde o temprano deberás dejar en poder de otros. Envidias la fama y las riquezas ajenas y te crees con más derecho a disfrutarlas que los demás, a los que jamás les reconoces ni un solo mérito. Da igual que se te razone, que se te ruegue o que se te amedrente, porque tú eres insensible a todo aquello que pueda contribuir a complicarte la vida como no sea que saques de ello provecho inmediato y en tu increíble ceguera te crees la mar de inteligente puesto que ni siquiera das parte de tu tiempo a los demás. Sueles ir por el mundo presumiendo de demócrata, intelectual, solidario y justo pero de todo eso te olvidas si alguien te pide ayuda personal: "Que ayuden los otros, porque una cosa es ser demócrata y otra es ser tonto", dices, y al menos en esta ocasión tienes razón: En efecto, tonto no eres pero eres un miserable listo de modo que no te extrañe si los demás te devuelven, a veces, parte de lo que tu mismo esparces.
Disculpas no te faltan, porque eres un experto en el arte de eludir tus responsabilidades de modo que tus errores siempre parece que son de otros y no tuyos. No te das cuenta, ¡Oh ciego¡, que el tiempo es igual de breve para aquel que goza que para aquel que sufre y que a la conciencia se la puede adormecer hasta el final. Cuando llega ese momento decisivo te aseguro que despierta y que con la misma inclemencia con la que tú señalaste los vicios y los defectos de los demás ha de señalar los tuyos.
Dime, ¿has sostenido alguna conversación con alguien que está a punto de dejar esta vida, que a ti tanto te obsesiona?¿Has observado cómo a esa persona ya no le preocupan en absoluto problemas que cuando disfrutaba de buena salud lo eran todo para ella? Naturalmente tú lo atribuirías a la enfermedad y te quedarías tan campante, pero no es la enfermedad sino la conciencia la que hace que aparezcan ante uno las cosas buenas y malas que ha realizado en la vida. ¿No me crees? Bueno, no importa, tal vez me creas un día y lo único que pido es que ese día no sea demasiado tarde, porque es tan grande el Amor, es tan piadoso y comprensivo que bastaría conque reconocieras tu debilidad y tu miseria en esos momentos tan críticos para que Él acudiera raudo hasta ti para tomarte de la mano y decirte. ¡Ea, amigo, entra en el Reino, que aunque no debieras estar en él hay otros que no se sentirán felices si no te ven, porque ellos sí que te han amado de verdad¡
Es probable que creas que únicamente es miserable el pobre pero te equivocas: La miseria de la pobreza no es lo mismo que la pobreza de la miseria y tú, aunque seas muy rico, eres un pobre miserable. No das absolutamente nada a los demás como no se lo cobres con creces; no crees en la bondad ajena y juzgas a tus semejantes como si fueran más miserables aún, buscando así en el mal de muchos el consuelo de los tontos. Sin embargo hay muchas personas a tu alrededor que, aún sabiéndole tacaño, egoísta, aprovechado y vil te aman. Te aman de verdad y da igual que lo reconozcas o no. ¿No te he dicho antes que estás ciego? Pues por algo te lo he dicho, no creas que he escrito eso por simple retórica.
Me pregunto si será posible que puedas cambiar de actitud, ahora que aún estás a tiempo de hacerlo. A mi juicio, es difícil pero no imposible. Todo depende de si reconoces sinceramente el defecto que tienes o no y como comprenderás eso es algo que depende exclusivamente de ti, ya que estás dotado de libre albedrío. Recuerda que uno puede disfrazar el rostro pero no así el alma, de modo que si dudas acerca de si estás en el caso del pobre miserable o no lo mejor es que te enfrentes con tu alma inmortal. ¡Ah¡ ¿Que no crees en el alma? Bueno, entonces tranquilo, porque siendo la conciencia una consecuencia de su existencia nada tienes que temer de ella cuando te llegue el momento de acudir ante la Gran Puerta. Con ella no ha de ocurrir lo que pasa cuando llegan las navidades: que todo el mundo las celebra ya crea en el Verdadero Amor que se hace Hombre, o no. Con ella ocurrirá que se abrirá de par en par a todo aquel que haya amado en su tiempo de amar - y te recuerdo que amar es dar, no recibir - y que se cerrará a cal y canto ante todo aquel que no haya amado.
Ahora, pues, elige; pero elige sabiamente porque únicamente así serás ciertamente libre.
JUAN

jueves 19 de noviembre de 2009

Recuerdo de Alejandría

Roma y Atenas suelen ser las ciudades a las que más nos referimos cuando tratamos de explicar la brillante civilización de la Grecia clásica o la admirable invención de una república en la cual era el Senado quien tomaba todas las decisiones y aprobaba leyes tan bien elaboradas que muchas de ellas han llegado casi intactas hasta nosotros. No obstante, y sin perjuicio de reconocer el esplendor y la magnificencia de esas dos ciudades, hoy quiero dedicar mis modestas líneas a recordar la ciudad que un día fundó el gran Alejandro y a la que su prematura muerte en Babilonia, a los 32 años de edad, impidió ver completamente terminada.

Trescientos años antes del nacimiento de Cristo el Egipto era ya una tierra antigua. Sus grandes faraones hacía mucho tiempo que se habían hundido en el polvo de la Historia y sus templos, henchidos ya de las arenas del desierto, habían sido casi completamente olvidados. Fue entonces cuando Alejandro bajó desde Tiro y conquistó aquellas tierras en las que sus sacerdotes le saludarían como hijo del propio Zeus, padre de todos los dioses inmortales, y cuando ordenó construir la ciudad que aún hoy lleva su nombre: Alejandría. Tras la muerte de un hombre que, aún siendo adorado como un dios jamás quiso dejar de ser hombre, Egipto correspondió a su amigo de la infancia Ptolomeo, que inmediatamente se hizo proclamar Faraón para que sus nuevos súbditos vieran en él al mismísimo hijo del dios Ra: el divino Sol a quien los lectores de este blog también conocen como el Padre de la Luz y de la Vida. Después asaltó el cortejo que conducía los restos mortales de su gran amigo macedonio y la desvío a Alejandría erigiéndole allí un suntuoso mausoleo, que aún existía en los tiempos de Julo Cesar, trescientos años despues.
Ptolomeo I convirtió a Alejandría en el más importante centro comercial del mundo, pues fue él quien dio órdenes para agrandar y perfeccionar el inmenso puerto natural de la ciudad atrayendo así hasta él las inmensas riquezas de Egipto y tambien a los mercaderes de todo el mundo, que bien a través del Mediterráneo o del Nilo llegaban sin cesar a la opulenta ciudad. Fue, asimismo, él quien mandó construir el famoso Faro, una de las siete maravillas del mundo antiguo, y que se erguía majestuoso sobre la isla del mismo nombre. Tenia 120 metros de altura y estaba formado por tres estructuras: la primera cuadrangular, la segunda octogonal y la tercera cilíndrica. El espejo que reflejaba la llama dicen que era perfecto, una maravilla de la tecnologóa antigua, y era tan intenso el resplandor que despedia el faro que podia percibirse desde el mar tres dias antes de que los navíos avistaran tierra.
Una corriente de riquezas ininterrumpida y variada arribaba diariamente a la ciudad, cuyos habitantes se enriquecieron rápidamente aunque, como es natural, el que más se enriquecio fue el propio Ptolomeo, que mandó construir la Gran Biblioteca, otra naravilla del mundo antiguo que llego a albergar más de un millón de libros. Únicamente el catálogo llenaba cuatro volúmenes de grandes proporciones y era tan notable su influencia que los habitantes de la ciudad tenían fama de ser los más cultos del mundo. Desgraciadamente, cuando tres siglos después Julio César mandó incendiar las naves del puerto para evitar que cayeran en manos de los partidarios de Ptolomeo XIII parte de los tizones encendidos cayeron sobre el edificio de la biblioteca, que se incendió. La mitad de las obras que contenía fueron pasto de las llamas perdiendose para siempre obras de Esquilo, Aristóteles, Sófocles y Eurípides, entre otras.
La llamada dinastía ptolemaica gobernó en Egipto durante tres siglos y a lo largo de ellos Alejandría creció de un modo extraordinario. Sin embargo la llegada continua de riquezas acabó corrompiendo a sus ciudadanos, que se dieron a todo tipo de placeres y muy en particular a los del sexo, algo en que los egipcios siempre habían destacado no solo por su inmensa variedad, sino también por su extrema depravación. Los muros del sintuoso palacio en el que vivian los sucesores del antiguo general de Alejandro dejaron pasar con suma facilidad todos estos placeres y al cabo la dinastía se afeminó, corrompió y envileció. No obstante, Alejandria siguió creciendo hasta contar con tanta población como la de Roma, una cosa intolerable a los ojos de la nueva potencia que surgía esplendorosa en el Lacio italiano: el Imperio romano. En consecuencia se inició una desleal y terrible competencia entre Alejandría y Roma, que al cabo terminó con la preponderancia de la ciudad del Nilo y como además en ella estallaron guerras civiles entre los diversos aspirantes al trono Roma se aprovechó de lo lindo de ellas consiguiendo convertir a los afeminados reyes de Egipto en grandes deudores suyos.
Al padre de la famosa Cleopatra VIII, última reina de Egipto, se le conoce con el sobre nombre de "el flautista", no porque tocara la flauta, sino porque adoraba la música. Destronado por una revolución huyó a Roma y a base de sobornos consiguió convencer al Senado romano para que le ayudara a recuperar el trono y se le entregaron así tres legiones con las cuales volvió a Alejandría. Reinaba en ella una mujer: Berenice, pero enseguida fue asesinada por los partidarios del rey músico , que de esta forma recuperó un trono completamente hipotecado a los romanos. Tuvo suerte, no obstante, porque antes de que éstos pudieran reclamarle sus numerosas deudas, Ptolomeo XII falleció dejando heredera a su hija Cleopatra, la cual siguiendo la costumbre egipcia de los matrimonios incestuosos se casó con su hermano Ptolomeo XIII, a la sazón de diez años de edad y chico bastante afeminado que estaba dominado por un eunuco gordo, untuoso, vil y traidor llamado Potino.
Vino a resultar que Ptolomeo XIII no tenía la menor intención de ser un soberano puramente nominal, de modo que al mando de un ejército hizo que se esposa tuviera que abandonar Egipto refugiándose en Siria y despues, por consejo de su ministro y eunuco principal, mandó matar a Pompeyo, que huyendo de César había buscado refugio en Egipto.
Así estaban las cosas cuando el gran Julio Cesar, conquistador de las Galias y vencedor de Pompeyo, arribó al puerto de Alejandría dispuesto a ajustar cuentas con la degenerada dinastía. Potino, que poseía toda la perversidad propia de los eunucos, lo había dispuesto todo para que el romano tuviera que atravesar la plaza del mercado, llena hasta rebosar de mercaderes y que se extendía frente al palacio real. Había asegurado a su rey que únicamente si Cesar empleaba la fuerza contra el pueblo egipicio podría llegar a palacio, pero si tal cosa hacía sería odiado por todo el pueblo. Por otra parte, y si no la empleaba, sería imposible que pudiera llegar hasta el soberano que le esperaba expuesto al calor del sol a las puertas del palacio tal y como establecía la etiqueta. No obstante, Potino se equivocó de medio a medio porque el astuto romano ordenó a sus hombres que avanzaran hacia el palacio mientras compraban cosas. También se equivocó, y fue esta una equivocación mortal, cuando ofreció a César la cabeza de Pompeyo creyendo que el presente le agradaría, porque al verla el gran conquistador lloró: Como todos los hombres realmente grandes no era vengativo.
Después ocurrió el famoso episodio de la alfombra, la huida de Ptolomeo, la derrota de su ejército, las muertes de Potino primero y de Ptolomeo despues, éste último en batalla. Al final Cleopatra fue proclamada por César como "única e indiscutible reina del Alto y del bajo Egipto, hija de Isis y de Amon-Ra; descendiente del junco y de la abeja" .
Al revés de lo que dice la leyenda, Cleopatra no era lo que se dice un dechado de belleza. Fruto tardío de una dinastía de incestuosos y degenerados arrastraba en lo fisico las lacras de generaciones enteras de soberanos viciosos, pero tampoco era fea. Sin embargo poseía dos cualidades muy importantes: el don de una conversación agradable, brillante y culta y el de la seducción a través de la dulzura que se derivaba de su condición de mujer auténticamente liberada de todos los prejuicios de la época en contra de su sexo. Extremadamente culta, hablaba nueve idiomas correctamente, elegía a los varones con los que compartía su cama y era extarordinariamente osada aunque también valiente. La noche en que Julio César la conoció, tras desatar la famosa alfombra, ya durmió con ella y aunque la Historia no nos dice una palabra de lo que ocurrió en el lecho, maldita falta que hace que lo diga. Es de suponer que entonces la soberana pusiera en práctica el consejo que le dio una vieja prostituta mientras estaba en Siria: "Si quieres que un hombre conquistador no olvide jamás tu lecho, hazle ver que lo que ha conquistado en él únicamente es una parte de lo que aún puede conquistar" . En cualquier caso aquel episodio de cama fue el que convirtió a Cleoptra en Reina de Egipto, asi que mereció la pena el sacrificio. El Príncipe de Tallerand lo decia y tenía razón: "En muchos casos el destino de una nación depende en exclusiva de la mujer con la que hemos pasado la noche anterior al día en que debe decidirse".
Cleopatra también conquistó al apuesto Marco Antonio pero no al escuálido y rubio Octavio, que al final la venció y procuró engañarla para que fuera con él a Roma pero aunque Cleopatra pareció acceder tenía otros planes: Un áspid egipcio mordió su pecho falleciendo en menos de un minuto. Octavio, que llegó tan solo unos minutos despues, se mostró la mar de contrariado porque se había hecho la ilusión de que la última reina de Egipto entrara en Roma atada a su carro triunfal y pregunto a una de sus moribundas esclavas si le parecía una acción noble la que había hecho su ama
- Muy noble, en verdad - le respondío la esclava-. Tal y como corresponde a la última soberana de un glorioso linaje.
Convertido en provincia romana, el Egipto jamás recuperó su antiguo esplendor y Alejandría comenzó a decaer rápidamente. Saquedada repetidas veces se libró de una sangrienta matanza cuando Diocleciano la conqusitó, porque habíendo jurado por Júpiter que no pararía de derramar sangre hasta que llegara a la cabeza de su caballo, hete aquí que el caballo se rompio una pata y cayó al suelo. Él fue quien ordenó eregir en el Serapeium la enorme estatua de Serapis y quien ordenó construir alli una columna conmemorativa que recordaba las persecuciones a las que por entonces sometía a unos hombres que adoraban la cruz en la que había fallecido un falso profeta judío y traidor...
Después las arenas del desierto y las azules aguas del mar Meditérraneo invadieron la antigua ciudad sepultando sus palacios, monumentos y tumbas. La costa norte de Egipto es, geológicamente hablando, una tierra a la que el mar va sepultando año tras año, así es que resulta bastante probable que hoy el soberbio palacio de Cleopatra, la tumba del gran Alejandro, y buena parte de los monumentos y edificios de la ciudad antigua se hallen en el fondo del mar
Én cuanto al Faro fue destruido por uno de los muchos terremotos que periódicamente sacuden a la ciudad y por lo que respecta a la Gran Biblioteca nadie sabe a ciencia cierta lo que pasó con ella. Evidentemente fue saqueada y al cabo destruida pero ¿por quien?Todos son suposiciones más o menos fundadas, aunque parece probado que algunos de sus ejemplares fueron llevados a Constantinopla.
Hoy Alejandría es una populosa ciudad, pero nada tiene que ver con la Alejandría clásica. Ésta ha llegado hasta nosotros envuelta en los jirones de la Historia y entre las sombras del misterio. Lo único que podemos hacer para recordarla es dejarnos llevar en alas de la dulce Poesía hasta un momento del tiempo ido para nunca volver a nosotros.
JUAN

miércoles 18 de noviembre de 2009

Contra envidia alejamiento

Cuentan que un día la Envidia pidió a la divina Noche que no se retirara del cielo en el Reino del Espejo a fin de que en él no volviera a brillar la luz del Sol y que hizo esta petición porque simplemente no podía tolerar que al Astro Rey tuviera lo que ella jamás podría tener. Enterado el Padre Sol de que la Envidia planeaba robarle su luz se encolerizó mucho, no tanto por la ofensa que quería hacerle, sino porque la tal a nadie aprovechaba y, no obstante. perjudicaba a todos los seres que moran a uno y otro lado del Espejo. En consecuencia la condenó a permanecer en una isla, que desde ese momento se conoce en todo el Reino como "La isla de la Envidia".
Esta dama escuálida de rostro verdoso y apagados ojos penetra con suma facilidad en el alma de los mortales y una vez allí todo lo altera, descompone y cambia maniatando al Amor Verdadero de tal modo que éste apenas puede ejercer su benéfica influencia, sobre todo si se alía con la Soberbia.
Este detestable vicio es peor que si se tuviera un parásito en el alma, puesto que mientras éste se alimenta del ser al que parasita, la Envidia por más que come jamás engorda y así no sirve de nada al que la padece. Sin embargo, hace sufrir mucho a la persona envidiada, sobre todo si a pesar de todo ama al pobre ser que se ha convertido en esclavo de tan detestable y horrible vicio, el más inútil de cuantos puede tener la admirable persona humana. Lo malo del caso es que el dicho de "Contra Envidia Caridad" no sirve de nada, pues por más amor que se derroche con el envidioso éste jamás está dispuesto a aceptar que es amor aquello que se le da y busca así toda clase de disculpas que consigan anclar al más noble de todos los sentimientos en alguno de los muchos defectos que seguramente tiene aquel que ama. El envidioso jamás agradece los favores que recibe, ni las muestras de delicadeza, ni los sacrificios que hace aquel que le ama y, en cambio, presenta sus escasas muestras de generosidad como si fueran graciosas concesiones, aunque dichas muestras no impliquen para él ningún sacrificio.
Le edad, posición social, parentesco o estado no son barreras que la Envidia no pueda atravesar, pues es muy pegadiza y además hace inteligentemente que aquel que la siente no se de cuenta de que la tiene firmemente asentada en el alma, de modo que el envidioso se cree justo cuando envidia, perfecto cuando critica e inflexible en cuando al concepto que le merecen los defectos y vicios de los demás. Hiere ahí donde más duele sin preocuparse del destrozo que puede hacer y se ríe abiertamente del Amor Verdadero asegurando que convierte en tonto y hace débil a aquel que se deja llevar por él.
Por parte del envidiado suele ocurrir que no sólo no es consciente de la razón por la que se le envidia, sino que en muchos casos no se da ni cuenta de que es envidiado por lo que no hallando la causa por la que tan mal se le trata se hace un soberano lío, sobre todo si aquel que le envidia es una persona muy próxima a él. En cualquier caso, y por más que se resista a admitirlo, los hechos llenos de desprecio se prodigan tanto en el envidioso que termina por darse cuenta de todo y entonces, si ama, sufre.
Querida amiga; querido amigo: Si eres víctima de la Envidia debes hacer lo que hizo el divino Sol: aislarla. No podrás vencerla ni con Amor ni con razonamientos. Únicamente podrás comprarla pero te aseguro que el envidioso cobra muy caro. Así pues, es mucho mejor que pongas tierra por medio y te alejes de las personas que te envidian. Vivirás mucho mejor tú y en cuanto a ellas puede ser que tu alejamiento las haga meditar. Es duro, lo se, sobre todo si dicho alejamiento involucra a una persona que amas pero comprende que basta tu sola presencia ante el envidioso para que esa siniestra dama, verdosa y escuálida, salte dentro del corazón dispuesta a amargarte la vida.
Así pues en lugar de que emplees contra la Envidia la dulce Caridad quien estas lineas escribe te aconseja que emplees el alejamiento.
JUAN

lunes 16 de noviembre de 2009

San Cirilo de Alejandría

No existe ninguna prueba histórica de que Cirilo haya sido el inductor del asesinato de Hipatia, hecho cometido por una turba de cristianos (?) en el año 415 de nuestra era, pero dado que poseía un carácter abiertamente pendenciero cabe la suposición lógica de que no puso los medios para evitarlo. Un pecado de omisión, quizás, que el santo Doctor de la Iglesia intentó sin duda corregir a través de una "homilía" pascual pronunciada el año 419, en la que reprochó a los habitantes de la ciudad que había fundado el gran Alejandro ser "levantiscos y pendencieros". No parece, sin embargo, que en dicha homilía el Obispo hablara de "asesinos" a pesar de que resulta muy probable que hubiera sido informado de lo que le había pasado a quien un día había sido maestra del prefecto Orestes, cuya autoridad se extendia por todo el alto y el bajo Egipto.
Aquellos que descalifican la película de Amenábar reprochándole, entre otras cosas, que "inventa la Historia" deberían tener en cuenta que a falta de datos fidedignos sobre las causas de ciertos hechos cabe hacer suposiciones razonables acerca de los mismos. Ahora bien; si Cirilo era Obispo de Alejandría en la época en que se cometió el asesinato de Hypatia, ¿cabe suponer que quienes lo cometieron lo hicieron sin el tácito conocimiento de la autoridad eclesiástica de la época? Desde luego cabe, pues existen las mismas razones para suponer eso que para suponer lo contrario pero no hay ninguna que obligue a aceptar que el santo permaneciera, hipotéticamente hablando, en "la higuera" mientras tales hechos tenían lugar.
Cirilo conocía muy bien el ambiente que se respiraba en la magnífica Alejandria, pues había nacido en ella en el año 373 de nuestra era . Sobrino de Teofilo, poderoso obispo que consiguió destituir al también santo Juan Crisóstomo - Crisóstomo no es apellido, sino apodo, pues la palabra quiere decir en griego algo así como "boca de oro", ya que en verdad hablaba muy bien -y cuando sucedió a su tío en el Patriarcado de Alejandría (412) parece que no lo hizo sin una notable oposición debido a su carácter, dominador, impaciente, pendenciero y tenaz.
Este hecho quedó suficientemente demostrado cuando desde la Cátedra de Marcos inició una enconada persecución de los llamados novacianos, que defendían la imposibilidad de que ciertos pecados fueran perdonados y parece también cierto que apoyó, al menos tácitamente, las revueltas contra los judíos a los que terminó expulsando de Alejandría. El hecho le llevó a un enfrentamiento casi público con el prefecto Orestes, representante del emperador y por lo tanto del poder terrenal en la ciudad. De Orestes la historia no dice gran cosa pero sí de su sucesor, un tal Calisto, al que la turba alejandrina asesinó.
Hay que decir que Cirilo estaba dotado de una inteligencia nada común y que en la mayoría de sus escritos demuestra un exacto conocimiento de hombres tan ilustrados como Clemente, Orígenes, Dídimo el ciego y Atanasio, que fueron profesores suyos en la escuela de Alejandría. Cabe suponer, además, que accedería con toda libertad a los manuscritos que aún se conservaban en el Serapeum y en otros lugares. En definitiva que se trataba de un hombre muy ilustrado y al que seguramente no le faltarían recursos para escurrir determinadas responsabilidades, hijas sin duda de su notable celo apostólico.
Su principal aportación al tesoro espiritual de la católica iglesia romana fue su apasionada defensa de la unión entre la divinidad y la humanidad de Cristo, que había sido negada por Nestorio, Patriarca de Constantinopla. Cirilo, consciente de que ese importante error teológico lo descalificaba ante el Papa, aprovechó para deponerlo de su sede valiéndose de la alarma que provocó en la autoridad imperial la herejía nestoriana.
En estas condiciones, el emperador Teodosio II convocó el Concilio de Éfeso y Cirilo lo abrió en cuanto llegaron sus partidarios sin cuidarse ni poco ni mucho de los otros y utilizando de modo descarado el soborno durante todo el tiempo que duraron sus sesiones
Al final hasta el propio emperador pareció convencido de que Nestorio era simplemente un hereje y en consecuencia fue depuesto como Patriarca de Constantinopla. Fue en Éfeso donde se proclamó que la Virgen María era ciertamente la Theotokos - literalmente madre de Dios - y de la que el buen Cirilo dijo lo siguiente: "María es la madre de Dios, no porque ella existiera antes que Dios o hubiera creado a Dios ya que Dios es eterno y María únicamente es una de sus criaturas. No obstante, y habida cuenta que Dios quiso nacer de una mujer, la persona que de ella nace es divina y por tanto ella es la madre de Dios".
Cualquiera diría hoy que el argumento es muy débil, pero lo cierto es que convenció al Papa Celestino porque parte de la base de suponer conocido lo que Dios creía o pensaba sobre el asunto. En cualquier caso debo decir, y así lo hago, que su devoción por la santísima Virgen era sincera, notable apasionada e irreductible. ¡Ojalá existiera en nuestra católica nación una devoción semejante¡
Tras pernecer muchos años como Patriarca de Alejandría, Cirilo fue llamado a la Gran Puerta en el año 444 de nuestra era. De él dice el historiador Hans von Campenhausen lo siguiente: "Era autoritario, violento, astuto, convencido de la grandeza de su sede y de la dignidad de su ministerio".
JUAN

martes 10 de noviembre de 2009

La visita de Aurora

No faltaba mucho tiempo para que el divino Sol, que da vida a la tierra, apareciera radiante por el oriente del cielo cuando la divina Aurora, que tiñe el firmamento de rosa todas las mañanas, abandonó su lecho en el Reino disponiéndose para visitar a su amigo Juan al que sus dudas. vacilaciones y miedos la conmovían profundamente. Así pues, rauda como la propia luz solar, la hermosa Princesa atravesó el cristal y el azogue entrando en el mundo en el que Cronos gobierna con su terrible reloj a los seres humanos, cuya vida es tiempo y viceversa.


El amigo de todo el género humano se hallaba, a la sazón, esperando la salida del astro Rey para disfrutar una vez más del brillante amanecer, el espectáculo más sublime de todo el Universo al que únicamente unos ojos humanos pueden admirar en toda su plenitud. Sonrió como un niño cuando vio avanzar hacia él la conocida figura de aquella mujer, joven y hermosa, que siempre llegaba cuando el cansancio de la vida terrena estaba a punto de dominarle. Juan bien sabía que de aquellos hermosos labios, rojos como el dulce fruto del granado, siempre salían palabras de Verdad, Paz y Consuelo.


- ¡Adorable Princesa, cuyas sabias palabras son siempre más dulces que la miel¡ - exclamó el hombre, embelesado ante la radiante belleza de aquella que precede siempre al Padre Sol -. ¿Cual es el motivo por el que habéis abandonado el dulce lecho a tan temprana hora?¿Acaso hoy amanecerá primero que otros días? Cuidad, dulce Señora, de no darme estos sustos pues bien podría pensar cuando os hayáis ido que vuestra siempre deseada visita únicamente se trataba de un sueño.


- No son sueños de esta naturaleza los que enturbian tus noches impidiéndote el descanso que tanto necesitas - respondió ella con un tono de voz tan cariñoso, que al escucharlo uno sentía inmediatamente cómo se alegraba el corazón -. Dinos, hombre que ama, las razones por la que tus sufrimientos alejan de tu lecho al dulce y reparador Sueño. Dínoslo, a fin de que Nos las conozcamos.


- Ah, divina Señora¡ - suspiró el llamado Juan - ¿Cómo podré explicaros lo que siente mi alma cuando día tras día comprueba que se pierden de modo irremisible aquellas personas a las que más amo?No quisiera ver y, sin embargo, veo; siendo tan terrible la fealdad y la miseria que contemplo sería preferible estar ciego con tal de no advertirla. Dime, ¡Oh Princesa¡, el motivo por el que se me ha concedido el terrible don de ver el alma humana a través de los ojos. Dime por qué mi sufrimiento es mayor por los que procuran mi mal que por el mal que me hacen . Enséñame a defenderme, noble Hija del Sol, porque a fuerza de defender a los demás de sí mismos ya no tengo el convencimiento de si sabré o no defenderme yo de ellos. Dime, por fin, la razón por la que siendo el amigo del Amor Verdadero no hallo un corazón humano cuyo dulce estruendo pueda sentir el mío, pues en verdad lo necesito y aunque si bien es cierto que jamás le he pedido algo así al más encantador de todos los príncipes, vuestro divino hermano Johnny-boy, estoy seguro de que él lo sabe, porque mi persona entera no es sino un enorme grito que llama al Amor.
Con tan amargas palabras se dirigió el hombre que ama a la divina Aurora y la que se complace portando el agua de la Vida se sintió tan conmovida por ellas que tomó entre sus finas y delicadas manos las de Juan y mirándole directamente a los ojos le dijo lo que aquí esta escrito:
- Al igual que el misterioso espejo refleja vuestra imagen sin mentir en nada sobre ella, reflejan los ojos del mortal el alma con la que fue dotado pero también, y al igual que ocurre con muchos espejos, quienes se asoman a ellos se resisten a admitir lo que ven y negando la evidencia culpan al espejo de lo que refleja . La divina Luz del Amor Verdadero, que inunda tu corazón, es la que abre tus ojos para que puedas ver el alma en los ojos de tus semejantes y así es por Amor por lo que sufres, porque no te agrada lo que ves. Pues qué, Juan, ¿preferirías tú ser como aquellos que se resisten a aceptar la realidad buscando disculpas para modificarla a su capricho? Así pues, ¡Oh amigo de todo el género humano, lee y aprende, porque te digo con toda verdad que no estás tan lejos como crees de los vicios que tanto te escandalizan.
No sientas ni siquiera la tentación de devolver mal por mal, porque si eso complacería a la Justicia en modo alguno agradaría a nuestro divino hermano Johnny-boy, pues donde hay amor la Justicia sobra y no te preocupes por tu defensa, que Nos la haremos por ti y aunque debido a tu conocimiento sobre lo que es el verdadero Amor tengas que permanecer sin la compañía de alguien que ciertamente sepa amar como tú sabes, en verdad te decimos que siempre tendrás a tu lado a una mujer empeñada en tu defensa. Nos ponemos en el alma inmortal de aquellas mujeres que te rodeen el delicado don de la comprensión y de la ternura para que se lo den a Juan, el hombre que ama. Las daremos fortaleza para que te apoyen y lo harán, ciertamente, con mayor efectividad al apoyo que pudiera prestarte cualquier hombre, porque solo una mujer puede comprender la grandeza de tu alma, la intensidad de tu amor y el desinterés de tu sacrificio.
En cuanto a Nos, ponemos nuestros labios sobre los tuyos sellando con un beso nuestro compromiso. Quien ama no puede evitar el sufrimiento ni el dolor, porque el verdadero amor implica sacrificio, desinterés, renunciación y entrega. Aquel hombre o aquella mujer que no sufren por los demás bien puede decirse de ellos que no aman, de modo que tú conocerás su Amor por su sufrimiento del mismo modo que Nos lo conocemos por el tuyo.
Así habló la inteligente Princesa a Juan y éste al sentir sus labios sobre los suyos notó enseguida el revivir su fatigado corazón, que quedó así muy reconfortado. Volvió, pues, la agradable sonrisa a sus labios, el brillo a sus ojos y la casi perdida energía a toda su persona.
JUAN
 
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